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IDA VITALE

Juan Gustavo Cobo Borda


Esa voz reflexiva, culta, dubitativa, que tuvo en José Bergamin y Juan Ramón Jiménez, de paso por Montevideo, perspicaces maestros, compone sus poemas dentro de espacios cotidianos. Hay que salir a buscar los víveres, cocinar los alimentos, preparar la mesa, o tejer una prenda, cual Penélope, antes de hundirse en los abismos del poema. En esa negra noche el resplandor se ha atenuado, al méxime, y el fervor atropellado reconoce, con lucidez inmisericorde, sus límites.

ESTE MUNDO

Solo acepto este mundo iluminado
cierto, inconstante, mío.
Solo exalto su eterno laberinto
y su segura luz, aunque se esconda.
Despierta o entre sueños,
su grave tierra piso
y es su paciencia en mi
lo que florece,

dice al comenzar su libro de 1960 Cada uno en su noche, en los artesanales volúmenes de la uruguaya Editorial Arca, Arquímedes 1187, apto. 7.
Delgados volúmenes donde reitera sus motivos:

"No es raro
que una paciencia amarga
suela cubrirnos
como una triste tierra anticipada"

Ese cauteloso tacto para asomarse a la devastación, multiplica su señales al contrastar los engaños y las sombras con el sueño, "perpetuo bienvenido" o con una "Ventana sobre un jardín" donde ya
en los sesenta irrumpe uno de sus símbolos reiterados: el canto del pájaro.

"Un trino alto 'que triste celo'
Aridamente también reclama"

Los inevitables yerros, la resta de cada día, tratan de conjurarse con el fuego lento del poema, que asciende, cual ave Fénix, pero que, inevitable,

"Al cabo fue cayendo
hacia la tierra,
entre sombras
de vuelos de ceniza"

Pero el contrapunto de dar, con fruición, y recibir, con parquedad, no es inalterable. Algo se va conquistando, algo se va erigiendo, en libertad interior, en dominio expresivo.

"dame noche verdad
para mi sola,
tiempo para mi sola,
sobrevida"

Ese espacio de la sobreviviente, tiene un apoyo paradójico: la misma poesía, surcada de interrogantes. De ahí los títulos afirmativos de varias de sus recopilaciones: Fieles (1982), Sueños de la constancia
(1988) o Procura de lo imposible (1998) que claro esté contrastan con otros como Jardín de sílice (1980), donde afirma "Solo el amor
detiene/ el derrumbe" o Reducción del infinito ( 2002 ) donde aún proclama su fe "en este mundo que aun se imagina libre de la Bestia y el Límite"

Pero la poesía, curiosamente, es siempre límite: forma y estructura, ceñido émbito donde se escucha mejor la música. Donde iconos como Quevedo o Góngora, como Girondo o Lezama Lima, contribuyen a lo concreto de sus textos, cada vez més afinados, maduros y sensibles. Que pueden llevar consigo la carga de un país envuelto en sangre o la distancia melancólica del exilio. Pero que en todo momento busca las sutiles, cautas señales, que en el bosque ensordecedor de las palabras, dibujen un golfo de silencio.

Así en el Oidor andante (1972) ofrece textos de pocas pero insustituibles palabras:

EL GESTO

"Los pérpados caen,
la cabeza derrocada
cae hacia atrés.
El peso de la corona del amor
es arduo.
Es rey y muere"

En ese ciclo de duras resurrecciones, de caídas reiteradas en pozos cada vez más hondos, hay súbitos milagros "guarnecida quiero seguir/ imaginando como/ se amanece,/ capaz de maullar por las azoteas del frío/ o del ardor final, feliz naciendo/ de la diaria muerte" los cielos veloces de Montevideo "tibios lilas lentísimos" Pero también asoma un horror petrificado: "Veo volar vidrieras que están quietas/ y una infernal granada que derrama/ sus glóbulos de sangre" o ese centro bursátil, de ciudad vieja, y donde quizés también ella debe venderse "para evitar que algo 'inútil' se desmorone en el orden del mundo"

Así a la apatía y el hastío, "la habitual duermevela" ella opone el riesgo, elige el sobresalto, "el mercurio del miedo de perderte" También la larga persistencia de una memoria, tan inmediata como ancestral, en la percepción tanto del dolor como del irrevocable final: "La historia no se olvida y roe, roe" Por ello el saldo final es de profunda, liberadora ironía:

CAPITULO

"Donde al fin se revela
quién fui, quién soy,
mi final paradero,
quién eres tu, quién fuiste,
tu paradero próximo,
el rumbo que llevamos,
el viento que sufrimos,
y donde se declara
el lugar del tesoro,
la fórmula irisada
que claramente
nos explica el mundo.

Pero luego el capítulo
no llegó a ser escrito"

A partir de la asunción de dicho vacío, se abrían imprevistos caminos.
Uno de ellos sería el juego exacerbado con el lenguaje, a través de sus afinidades de sonido y sentido, "mientras parleros péjaros proclaman/ la luz que a todos nos concierne" Lo cual llegaría hasta la exasperación, rizando el rizo, como en la secuencia "La voz cantante" en Procura de lo imposible, donde se topa, una vez més, con el muro: "Y anda de arrebato en arrebato la sinrazón"

El otro camino apuntaba hacia lo que el chileno Gonzalo Rojas ha llamado la reniñez, el dejarse ir en el flujo de las palabras hacia la memoria viva de la infancia, donde la autobiografía se torna poesía tanto en los rostros como en los vocablos que nos determinaron, en arranque y origen. Cerremos esta parcial relectura, con el golpe de clarividencia de esta gran poeta, al fundarnos de nuevo a todos con su personal, única, valiente, hermosa, aventura:

ABUELO

No le conocí.
Pero su viento oscuro
aun recorría los cuartos
como para aventar una brasa de amor
que alguien guardara.
Enardeció la casa con sus catorce hijos,
eligió para algunos
agrios nombres fantásticos:
Pericles, Rosolino, Publio, Decio,
Débora, Clelia, Ida, Marco Antonio,
Tito Manlio, Fabrizio, Miguel Angel.
Cuando un hijo moría a poco de nacido,
el siguiente ocupaba su nombre
y así borraba el luto.
No lo conocí.
Pero quizés, ya viejo
hubiese sido blando conmigo.
No me hubiese servido.

Juan Gustavo Cobo Borda

©2010