coboborda.org
/ensayos

RUBEM FONSECA

RUBEM FONSECA : El seminarista
"El nombre de mi personaje es: Yo."
     Rubem Fonseca


Juan Gustavo Cobo Borda


El Despachante encarga a El Especialista trabajos específicos. Este los cumple a cabalidad y El Despachante le paga bien por su pericia profesional. El Especialista, sobra decirlo, es un asesino a sueldo que realiza sus tareas citando en latín a Cicerón, Séneca, Horacio y El Eclesiastés. Ira furor brevis. Ha sido, como se intuye, aprendiz de cura.

Pero también manifiesta una pasión razonada por las pistolas - Beretta, Glock, Ruger, balas Magnum xpt - y está atento a los cambios que pudiéramos denominar culturales. Con el uso de los chalecos a prueba de balas hay que disparar directamente a la cabeza y no al tercer botón de la camisa para destrozarle el corazón como antes. Precisión técnica, en todo momento, y la atmósfera tranquilamente atroz con que Rubem Fonseca nos instala en una aceptada demencia de crueldad y horror, sino fuera aquella misma que respiramos todos los días en los noticieros y en el periódico. Ajuste de cuentas, asesinato y descuartizamiento por parte de un conocido portero de fútbol, de su joven, bella novia, actriz porno en ocasiones.

Fonseca no debe ir muy lejos para pescar sus temas, pero en esta corta novela hay un matiz inquietante : Zé, Jose, El Especialista, el Seminarista, teme que se está ablandando, siente escrúpulos de eliminar a un padre con muchos hijos, y admite que "lo peor del mundo es tener conciencia".

Afortunadamente el mundo no lo desengaña: sigue siendo un lugar infame. Termina por darle la razón : esos varios hijos no son más que las diversas víctimas de un pedófilo.

El Especialista, no sobra decirlo, es el narrador del libro y se describe a sí mismo como "pequeño, flacuchento y feo". Y sus tareas siguen manteniendo ese aire impersonal, de burócrata científico de la violencia , de instrumento casi despersonalizado de una tarea como cualquier otra, con esa prosa seca y objetiva. Buscar, en un cementerio, a un necrófilo con aires de comadreja e ir donde un sicoanalista a recobrar carpetas y grabaciones de una cliente, despachando de paso a los dos. Pero en medio de este recuento, por decirlo así informativo, nos enteramos de que Zé, Jose es sobrio, frugal, le gusta el cine, ama y conoce la poesía, de Camoens en adelante. Y quiere retirarse pronto. Las líneas netas de la narración están trazadas, dentro de la concisa parquedad de Fonseca, de la sequedad impactante de sus diálogos perfectos. Cambia de identidad : se hará llamar Jose Joaquín Kibir, en una voluta histórica sobre sus remotos ancestros portugueses y el Rey Don Sebastián. Se enamorará de una traductora alemana llamada Kirsten y así este thriller negro se sazona con un romanticismo tan ajeno, en apariencia, a la índole del personaje, pero inevitable como todo don caído del cielo ; o de la silla de al lado, en una cafetería.

Sexo y lectura de poemas de Pessoa, de Drumond de Andrade, de Bandeira, de Ferreira Gular y el juego, habitual también en Fonseca, de exaltar la carne repentina de la mujer y denigrar la compartida convivencia, que todo lo deteriora. Pero no hay tiempo para soliloquios y citas clásicas.

El padre de Kirsten es el Despachante mismo (resurrecto) y el reencuentro con uno de sus pocos amigos, a quien conoció al salir del seminario, Sangre de Toro, lo pondrá de nuevo en movimiento, azuzado por la paranoia, y ajeno del todo a la posible congruencia y desarrollo de la trama. Como en las películas de Tarantino todos son esenciales y todos son prescindibles, pueden actuar o pueden desaparecer, según los delirios creativos del fabulador. Sólo que ahora este asesino a sueldo, enamorado, atravesará una mala racha. Será secuestrado, golpeado (perderá un diente), torturado, según ya le había advertido el padre de Kirsten, el que era idéntico al Despachante asesinado. Se trata de recobrar un diskette, de un viejo trabajo suyo, cuando asesinó a un gordo cubierto de joyas en un apartamento de Buzios.

Aquí, como si lo anterior fuera poco, se complica y enreda aún más la intriga dado que el padre de Kristen desaparece en la pesquisa ( lo matan y arrojan al mar ) Y Zé, Jose, El Especialista, busca y encuentra a su viejo amigo D.S. ( el único amigo junto con Sangre de Toro) ahora un próspero empresario de revistas y programas de televisión infantiles. El podría darle datos sobre Ziff, otro ricacho del cual ĺ─˙ supe que financia la importación de droga a gran escala de Colombia, pero solo como capitalista, no se involucra en las operacionesĺ─¨. Pero el comodín de Colombia, típico del bajo mundo de todo el mundo, es completo : no sólo importa drogas sino también traficantes sicarios. Tipos duros que responden, si lo hacen, a los convencionales nombres de Rafael y Pérez.

Para ubicar a Ziff, Zé, Jose, asiste a un coctail donde Suzane, viuda quien hace de celestina para que sus amigas casadas puedan relacionarse con hombre también deseosos. Allí conocerá a Gamela, temeroso de ser secuestrado y quien busca un guardaespaldas: le han recomendado uno llamado Sangre de Toro con quien se encontrará a las cinco de la tarde mañana, en su apartamento.

A dicha cita acudirá Zé, Jose, El Especialista, quien eliminará a Sangre de Toro dentro de su auto, al salir de la cita. Solo que entretanto Gamela y sus dos guardaespaldas han sido enviados al otro mundo, quizás por los cucarachos colombianos. Todas las balas disparadas, todos los indicios de pistola y horas apuntan a El Seminarista, Jose, Zé, quién tendrá que ir a declarar. Allí conocerá al policía Vázquez, de quien se hace tan amigo como lo permiten relaciones de este tipo, y que contribuirá a configurar el desenlace de estas febriles cien páginas.

Será la secretaria de su único amigo sobreviviente, D.S. , la que ha revelado la dirección donde Jose ha escondido a su amiga alemana, su amor irremplazable y único, con quien lee a Rilke y come repollo agrio con salchicha, Kirsten, ante cuya muerte, ordenada por su amigo D.S., aullará como un perro. La venganza será previsible : le arrancará la lengua, le acuchillará los ojos, lo quemará. Al final irá regularmente al cementerio a llevarle flores a la tumba de Kirsten y retomará su vieja profesión. Al parecer nadie escapa a su destino.

Las recetas de cocina (una suculenta para el bacalao), las referencias literarias, Lima Barreto, Doris Lesing, las cinematográficas ( a Kirsten le fascina La naranja mecánica, tan afín en su tono de farsa y tragedia a esta comedia policiaca), la velocidad de los diálogos, la brutalidad de las acciones, los inverosímiles cambios y mutaciones : todo ello tiene el sello inconfundible de Fonseca.

Su respuesta delirante a un mundo distorsionado. Una escritura irónica que al reírse de sí misma, no deja de lado su poder de impugnación revelándonos en la crueldad del exceso, y en el aparente baño de sangre, algo sin embargo compartible : el delirio inagotable de la ficción. Como lo dijo Fonseca en su libro Pequeñas criaturas :

"Es una mierda, ese comienzo. Pero son esos los temas que le interesan al lector : sexo, muerte y dinero, no puedo apartarme de ellos. Voy a empezar de nuevo. Escribir es comenzar".
Así debió pensar, al iniciar El Seminarista. Así esperamos que siga haciéndolo, a sus 84 años. Porque él, también en sus propias palabras, en Diario de un libertino, sabe que sin poesía la novela cae y se desinfla, aún cuando sea la poesía demoledora de los bajos fondos de nuestras ciudades. Cruzadas de negocios turbios, carteles de cualquier actividad, chuzadas telefónicas, agentes de orden que medran en el delito, y mujeres dispuestas a todo.

"Era un poeta, los poetas, esos grandes filósofos, dicen verdades. Nosotros, los que escribimos ficción, decimos verosimilitudes". Verdades y verosimilitudes que hoy se dan en todo el continente, y que sólo ahora se nos esclarecen gracias a este novelista de Río de Janeiro, leído y admirado (por algo será) en el mundo entero. Su héroes, asesinos, detectives, tienen mucho de cínicos, y exasperarían a cualquier feminista, pero hay algo que parece redimirlos. Desconfían del poder, no se enriquecen y cumplen sus desdichadas tareas con un rigor y una honestidad admirables. Parecen trabajar matando pues la mala suerte, con el desempleo generalizado, solo les concedió ese oficio. Mediocre, si se quiere, pero que terminó enaltecido por figuras como Raymond Chandler, Daniel Hammet, Graham Green, John Le Carré y, claro está, el certero Rubem Fonseca.

Juan Gustavo Cobo Borda



La novela de Fonseca fue traducida por Elkin Obregón y publicada por Norma en el 2010.
©2010