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La noche sin fortuna de Andrés Caicedo
Juan Gustavo Cobo Borda
A Paloma Cobo Diaz, fanatica de Fito Paez.

Hace algunos días recordé a Andrés Caicedo en la Universidad de los Andes. Me sorprendió el número y la atención de los oyentes a la charla. Varios de ellos lo habían leído bien y para algunos de ellos sería motivo de un próximo trabajo. ¿Qué había pasado para que un país tan propenso al olvido, sobre todo en el terreno literario, un joven nacido en Cali en 1951 y muerto, por voluntad propia, en la misma ciudad el 4 de marzo de 1977 tuviera tan sorprendente vigencia?
Todo había comenzado con una novela de 190 páginas que edite en la Colección Popular del Instituto Colombiano de Cultura y que vio la luz en febrero de 1977. Andrés alcanzó a recibirla, con gran jubilo, y a los pocos días su muerte, con 60 pastillas de seconal, dio origen a la leyenda y el mito.
El era un adolescente flaco, de pelo largo, gago, nervioso y lector enfermiso de Edgar Allan Poe. Vivía en el barrio de San Fernando. Desde muy joven había quedado atrapado en la fascinación de la lectura, y su padre se oponía a tal sueño, considerándolo poco realista. Andre no cejo en defender su vocación a capa y espada. Hizo obras de teatro en los sucesivos colegios por los que pasó, trabajó en el TEC con Enrique Buenaventura, y con tenacidad febril, redactaba una y otra vez las mismas escenas de una vida juvenil en aquellos años: la calle sexta con 23, el parqueadero de Sears, el parque Versalles, la cafetería Dori Frost, los helados oasis. El soporífero calor aplastante de un sol que sólo parecía interrumpirse cuando en la tarde y en la noche la brisa incitaba a meterse en un cine o averiguaba donde iba a realizarse la fiesta. Los Beatles y los Rolling Stones escuchados en radio transistor y camisas y zapatos de marca traídos de Estados Unidos.
Sus primeros relatos como “Antígona” de 1970 y “El Tiempo de la Ciénaga” de 1972 eran exagerados y truculentos: una joven mujer casada con un viejo que necesitaban ambos carne humana fresca para sobrevivir. O en el segundo de ellos una pareja de muchachos de Santa Teresita que van al sur, al teatro Libia, y allí topan con un trío lumpen que terminará acuchillando a la protagonista, Angelita. Hay en ambos cuentos, a pesar de la luz, de los datos concretos, una sombría atmosfera de casas goticas abandonadas, de gases letales, producidos por las fábricas gringas instaladas en Yumbo, escenas escalofriantes de canibalismo y vampirismo, de heroínas como Antígona o Angelita que son arañas, medusas, cuya boca muerde y cuyos ojos, lobos aullando a la luna, succionan a sus víctimas. Esa atmósfera de violencia y crimen nos está dada por una tercera persona que narra, extraño testigo aparentemente imparcial y sin embargo también dominado por las heroínas, que en definitiva termina por facilitar el acceso a las víctimas.
Sin embargo en la novela Que viva la música! Su protagonista, María del Carmen Muerta, una mona con aires de princesa y “loca pero loca” por la música, desciende desde su confortable seguridad burguesa al oscuro abismo de la prostitución y la droga, muy consciente de lo que hace, muy deliberada en su elección, muy capaz de cambiar su anterior pasión por el rock, asociado al Norte, por la salsa, emblemática del Sur obrero y proletario. “¿Cómo se mete de puta una exalumna del Liceo Belalcázar?” se pregunta al final de la novelala protagonista, secundada también por una comparsa de amigos donde destacan Ricardito Sevilla el miserable y Leopoldo Brook el guitarrista con que perderá su virginidad.
Entre los estudios de marxismo y el consumo de marihuana, hongos y cocaína este mundo se revelaba contra unos padres mas complacientes que represivos. Formula así su credo: “No te detengas ante ningún reto. Y no pases a formar parte de ningún gremio. Que nunca te puedan definir ni encasillar”. Esa opción es la misma que escogería Caicedo, aterrado de madurar, de efectuar transacciones y compromisos. Por ello después de su muerte, de dos de sus más cercanos amigos, el cineasta Luis Ospina y el escritor Sandro Romero, han recuperado los míticos baúles como los de Fernado Pessoa en Lisboa, multitud de valiosos textos suyps, entre los que se destacan, editados por Norma en 1999 sus inteligentes y agudas notas sobre cine: Ojo al cine. Y ahora, en 2007, El cuento de mi vida, un testimonio autobiográfico hecho de fragmentos, cartas y diario de su estadía en una clínica siquiátrica, y su última y conmovedora carta a su compañera de entonces, Patricia Restrepo, quién compartiría su pasión cinematográfica, y quién lo describe con honda intuición:

“Pienso que Andrés era una persona muy vulnerable y con mucho miedo, era como si estuviera en una burbuja de terror”.

A todo esto se añade ahora un libro de ensayos, publicado en el 2006 por la Universidad Pedagógica Nacional, dónde Camilo Enrique Jiménez analiza la narrativa anti – adulta de Andrés Caicedo en 228 páginas bajo el título de Literatura, juventud y cultura posmoderna y el fratnal y vibrante testimonio de Sandra Romero Rey: Andrés Caicedo y la muerte sin sosiego (Norma, 2007) donde se reconstruye toda su peripecia, lo mismo que la del compañero del grupo, el cineasta recientemente fallecido Carlos Manolo. Con todos estos asedios a su vida y su obra enriquese la complejidad de este adolescente que encarnó, en su trágica tensión, el tránsito de una adolescencia creativa a través de un desierto afectivo. De un diálogo en tantas ocasiones solitario con la página en blanco o con la también blanca pantalla de cine. Quizás por ello los fantasmas de Andrés Caicedo continúan hablando a los jóvenes de hoy.


II

ESA AUTOBIOGRAFIA LLAMADA NOVELA

" A mi llamadme Solano, Solano Patiño" : con esta invocación al lector, Andrés Caicedo abre el espacio de su propuesta literaria, en esta novela inconclusa pero de algún modo reveladora de sus temas, obsesiones y repeticiones.
"Puedes ustedes llamarme Ismael. Hace algunos años- no importa cuanto, exactamente-, con poco o ningún dinero en mi billetera y nada de particular que me interesara en tierra, pensé en darme al mar y ver la parte liquida del mundoæ. El memorable inicio de Moby Dick o La ballena blanca, en la celebre traducción de Enrique Pezzoni publicada por Sudamericana de Buenos Aires en 1970, era uno de los libros claves del mundo mental de Caicedo. Herman Melville y Edgar Allan Poe, en la también celebre traducción de Julio Cortazar publicada por la Universidad de Puerto Rico, lo acompañaron, influyeron y determinaron en su breve periplo vital y literario. Haré teatro y variaciones literarias sobre temas de Melville y Poe, como los repiqueteantes dientes que aun resuenan en "Berenice&Mac226;". Ya no los vastos océanos del mundo en pos de esa blancura intolerable sino un adolescente desplazamiento por las calles de Cali, rumbo a una fiesta. Pero el mal y la culpa, y las góticas criptas donde aun grazna el cuervo de Poe y su corazón delator llegan hasta sus paginas, donde también jóvenes conviven con ancianos y la coartada perfecta para el crimen se invalida ante esos ojos que nunca duermen.
Igual Caicedo con la tropa infantil de sus amigos, de sus angelitos empantanados, atrapados en el circunscrito espacio de la clase media caleña y los colegios donde va la gente decente. Allí estarán entonces Danielito Bang, su amigo, Angelita y sus fiestas. Miguel Angel, el novio de Angelita. Y claro esta la compañera de baile de Solano Patiño, Maria del Pilar. Y también Antigona, la devoradora, la castradora sin piedad, sobre la cual volveremos. Pero el asunto comienza de modo convencional con el colegio San Juan Berchmans, y sobre todo con la figura dulce y atrayente de la madre, su tabla de salvación, su recurso mas socorrido para enfrentar el mundo. Ella lo salvara de su agonía terrible de no saber bailar. Aferrandose a ella, receloso de sus compañeros, y mirón en apariencia indiferente de las muchachas, Solano Patiño narra esta novela de formacion y afronta todos los desconciertos de sus pocos años, riendose en apariencia de su complejo de Edipo y tratando de vivir mintiendose a si mismo. Rígido, lleno de manías,y &Mac226;" mas tieso que pinga de burro&Mac226;" para el baile, la relación con su madre se define a partir de una sola y demoledora verdad . &Mac226;" Ella no sabe que a mi me da miedo de todo&Mac226;".
Y ese miedo se hace presente desde el principio: amenazas del gordo Agudelo, penas por no saber bailar, llanto incontrolable ante cualquier situación que lo confronte y sobrepase. La desamparada indefension ante un mundo que no domina ni controla, acrecentada por una imaginación desbordada : lo que le puede hacer el chofer de taxi, lo que le pasara por no abonar diez centavos mas al conductor de bus, la forma como el ladrón lo humilla en el piso, la confrontación social con los proletarios de los barrios del Sur, y el comienzo de sus evasiones compensatorias: &Mac226;"Los domingos yo me la pasaba en matinal, viendo puro cine, y cuando no, repitiendo&Mac226;": Este es un buen exorcismo, para en el solitario aislamiento de la sala de cine, sentirse de alguna forma protegido, y a lo cual se añade su otro vicio, por decirlo así, desde la infancia: la escritura. Su baúl repleto de manuscritos.
Esa escritura maniática también, reiterativa hasta la exasperación, que en medio de dudas, vacilaciones, autoengaños del muchacho que tiembla ante los posibles fracasos que sobrevendrán en la fiesta redacta, hasta ocho veces,versiones de situaciones traumaticas. Temeroso de su timidez, y temeroso, como no, de la noche misma, que parece ofrecer, de otra parte, una sombra excitante, que deja aflorar su lado oscuro, su desdoblada personalidad, bajo la frialdad lunar, heredera, no hay duda, de ese Doctor Heikel y Mr.Hyde de Robert Louis Stevenson que ramificaría en su devoción por el cine de terror y los muertos que resucitan y cobran milenarias venganzas.
Pero lo relevante es medir la distancia entre ese mundo ya conformado, con sus tópicos proverbiales, y sus ilustres genealogías, de Poe a Lovecraft, del H. G. Wells que en La maquina del tiempo decía de una de sus figuras:
&Mac226;"Sentía pavor por lo oscuro , por las sombras, por las cosas negras. La oscuridad era para ella lo mas horroroso&Mac226;", hasta llegar a aclimatarse en estos adolescentes de quince años que pueden llamarse Angelita Sardi y sus padres tener finca, bañarse en el río Pance o veranear por la carretera que lleva al mar. El océano Pacifico por donde arribaría la raza negra y los marinos que al llegar a los burdeles de Buenaventura dejarían los primeros discos de salsa, traídos de Nueva York.
Así la novela, muy autoconsciente de si misma, de sus personajes, de sus extraños giros poéticos, &Mac226;" me tritura la oscuridad&Mac226;", de sus frases hechas, avanza, desde un aparente nivel idílico, de casa, de familia y niño que se refugia en la cama de los padres, hacia una confrontación con el mundo. Allí estará el racismo, la violencia, las desigualdades sociales. El muchacho que &Mac226;" no era negro pero tenia pura boca de negro&Mac226;" , que les roba a Angelita y Miguel Angel, pegandole a este dos cabezasos que le deforman la nariz.
No sobra recordar, en este punto, que el Valle, la tierra de la idílica Maria y de poetas bucólicos y religiosos como Antonio Llanos, Mario Carvajal, Octavio Gamboa o Cesar Garrido, será también la tierra de celebres &Mac226;"pájaros&Mac226;" asesinos, como el conservador personaje de Cóndores no entierran todos los días, León Maria Lozano, y de episodios macabros como la matanza d la casa liberal de Cali, en el 48 y de la explosión de los siete camiones cargados con cuarenta y dos toneladas de dinamita el 7 de agosto de 1956 que destruyo buena parte de la ciudad, todo lo cual esta en el trasfondo imaginario de Caicedo y sus amigos cineastas Carlos Mayolo y Luis Ospina, creadores de películas como Pura sangre y Carne de tu carne.
Por ello la tensión topográfica, en todos los textos y personajes de Caicedo oscilara entre el Norte de niño bien, que habito en barrios como Santa Mónica y Prados del Norte y el Sur, mas popular, donde instalaría su celebre Cine Club, en el barrio San Fernando, y el barrio Versalles, barrio de suicidas como lo llamaría el propio Caicedo. De ahí que en la mitomanía de sus personajes le hará decir a Solano Patiño; refiriendose a los sunday de fresa: &Mac226;"Como yo soy rico, yo puedo comprarlo, mi papa tiene fincas, carros&Mac226;". De ahí vendrá su énfasis en ciertos rasgos negativos del protagonista : el muchacho con gafas y dientes de caballo, que pierde su belleza juvenil, y será tildado por sus compañeros de odioso, antipático y egoísta.
Pero quizás lo que aflora, en realidad, es el rechazo real que este recibe, como bicho raro, a pesar de sus afanes de Solano Saludador y excesiva simpatía. O de fingido autoflagelador masoquista.


De la euforia a la depresión, del juego a la angustia, la introspección exacerbada, muy atenta al cuerpo mismo, al acné juvenil, y a los movimientos de estomago e intestino al ir al baño, por culpa de sus nervios al llegar a la fiesta, no soslayo un entorno donde la policía cuida la casa y exige la invitación a la entrada, para evitar colados de sospechoso origen.
Fiestas donde se comen papas fritas y las charlas de los adolescentes sobre sus primeros romances, sus primeras separaciones, maniobras y engaños, tienen la insustancialidad repetida de esos previsibles descubrimientos. Y donde ya asoman los primeros cambios radicales como esa Cristina que abandona a Raimundo y se va a vivir con su primo.
Usando en la narración técnicas cinematográficas, &Mac226;" como si hubiera sido filmado en un acelerado de 100 a 1&Mac226;" , close up a los ojos, profundidad de visión, círculos de luz, cortes de las siluetas y los pasillos como largas perspectivas cuyas puertas encierran secretos o llantos de niños que el sospecha le están pegando. Niños que no quieres salir, aislados, enclaustrados, con neurosis de fin de raza, con enfermedades inconfesables, en decadencias malignas que fascinan a Caicedo.
Ha bailado, ha humillado, se ha lucido y ahora se topa con el verdadero peligro: la amiga de Danielito Bang que los espera afuera manejando un Simca.
&Mac226;" Su blancura no tenia comparación con nada. Era como si estuviese vestida con la noche. Era un blanco inexpugnable, como la pez, amargo y corroñoso, y tambien en donde uno resbala&Mac226;".
Ella manipulara a Danielito: &Mac226;"Todo lo que el dice, dijo Antigona, es porque yo lo pienso&Mac226;" e incitara a Solano a traicionar al amigo, pegandole con rabia, en una suerte de aquiescente rito. La mujer como disociadora y perversa, y urgida de satisfacer pronto sus deseos. Aquí el tono y el ritmo cambian, acordes quizás con la velocidad del carro, y al llegar al parqueadero de Sears este bien puede ser el mar, las cordilleras cambian de sitio y las perspectivas de Cali a Buenaventura se invierten : Antigona, encarnación de una blancura letal, como la de su amado Melville, se pierde en la sombra del parqueadero y regresa poseída de una nueva energía, diciendole al protagonista: &Mac226;" Mas vale que se vaya abriendo la camisa, jovencito&Mac226;". Pero toda esta contradicción entre un mundo infantilizado aun mas en sus diminutivos, los Destinitos fatales de una recopilación suya, donde los jóvenes, en el bachillerato leen cómics y tienen hijos a los 16 años, y las exageradas escenas macabras de bocas arrancando pedazos de carne, saboreandola con sadismo, y traicionando al amigo con quien había pasado 16 recreos largos juntos, que vienen a continuación en la novela, se hacen exasperantes y chirrían. Es obvio que se escribieron para ello: para sacudir y exasperar al lector, pero son mas dependientes de una enrevesada visión tortuosa, proveniente de la literatura y el cine, del cine club y la revista de cine, de las películas de horror y vampiros, que de un Cali adolescente de clima tibio, de fiestas previsibles y dramas mínimos.
Caicedo quiere mostrarnos la otra faz maligna de ese mundo plano pero las piezas no ensamblan en el texto, no cuadran, como si sucederá en Que viva la música, donde pasamos de la rumba al derrumbe de todos los controles sociales.
Aquí hay grietas en las paredes, el golpeado Danielito Bang hace de chivo expiatorio en esa relación de indecisa homosexualidad con su amigo, azuzado por Antigona, &Mac226;" Eva primigenia&Mac226;" en su Simca, pero la silueta sugerente de esa sirena maléfica no nos convence el todo. Viene de fuera de la narración: del otro mundo.
Caicedo trata de inflar un monstruo, una vagina dentada en una boca insaciable, y los pulmones no le dan. Engendra un fantoche. Una especie distorsionada de las profundidades del inconsciente en una pileta de muy pocos centímetros.
Irán luego a visitar a su primo Mariategui, que describirá así Solano:
&Mac226;" No pude creer lo que veía, cuando me vio y amplio, con nauseas, su sonrisa. Tenia 16 años pero estaba medio calvo, con ojeras como picos de botella y sin un solo diente en las negras encías, pues abría la boca, le gustaba verme&Mac226;".
A este espantapájaros recluido será el que Antigona, devora, de inmediato, oreja, fémures y cartílagos, como pantera, tigre o tiburón, mientras Solano aguanta expectante el mismo tratamiento. Esta es la novela que busca salirse de la norma pero que queda constreñida en la misma nueva norma que el propio Caicedo trazo: un thriller de horror.
Años después, cuando se encuentra el cadáver de Mariategui, en el lugar donde se construiría el Hotel Internacional, se hablo de &Mac226;" deterioro moral&Mac226;", &Mac226;" perdida de la razón, degeneramiento, locura y muerte por suicidio&Mac226;".
Pero los seis años que Caicedo dice haber dedicado a la redacción de estas 150 paginas se referían no a Mariategui sino a si mismo. A su inminente suicidio. Había jugado con la idea de convertirse a si mismo en un mito, y el mito lo atrapopero como lo dice ironicamente su amigo Luis Ospina: &Mac226;"Nadie se suicida acabando de comprar una nevera.&Mac226;" En todo caso, Francisco Varanini en su Viaje literario por América Latina (Barcelona, El Acantilado, 2000), uno de los mas finos análisis de la obra de Caicedo, concluye:
&Mac226;" Al anularse en su propia obra y renunciar a la vida, el autor conquista, para si y para una generación entera, el derecho al recuerdo&Mac226;" (p. 373).

RECUERDO EDITORIAL. Fundé en 1975 la revista GACETA DE COLCULTURA, que dirigi desde su numero 1 hasta su numero 36 en 1981. En su numero 5, de agosto de 1976, publique el articulo de Andres Caicedo &Mac226;" El genio de Jerry Lewis&Mac226;" . En el 9 de abril de 1977, su texto entonces inedito &Mac226;" Especifidad de cine&Mac226;" y en el 27, de 1980 su cuento &Mac226;" Patricialinda&Mac226;", junto con el ensayol de Samuel Jaramillo: &Mac226;"La lucidez del sonambulo&Mac226;".
De otra parte, en noviembre de 1976, dentro de las publicaciones del Instituto Colombiano de Cultura, en su Coleccion Popular, No.17, titulada OBRA EN MARCHA II, 600 paginas, inclui su texto &Mac226;" Pronto: fragmentos de unas tales Memorias de cinesifilis&Mac226;", pg, 463 a 490. Alli ya se anunciaba la publicacion, por parte de Colcultura, de su novela Que viva la musica.
Tambien en el programa de television que realizabamos con RTI y que se titulaba &Mac226;"Paginas de Colcultura&Mac226;" , en uno dedicado al tema del libro los minutos finales fueron dedicados a una entrevista con Andres Caicedo frente al hotel lAlferez Real de Cali. Esas imagenes han sido rescatadas por Luis Ospina en su documental Andres Caicedo: unos pocos buenos amigos(1986) .En la revista ECO, que editaba la Libreria Bucholz, y de cuya redaccion estuve encargado una decada hasta 1984 publique en marzo de 1977, No. 185, el cuento de Caicedo &Mac226;" En las garras del crimen&Mac226;" y en junio de 1977, en su No. 212, su cuento &Mac226;" Antigona&Mac226;", junto con su carta del 6 de octubre de 1976, q ue hoy puede leerse al final de la edicion de NORMA del 2001 de ¬°Que viva la musica!. Mi primer trabajo sobre la obra de Caicedo esta hoy incluida en la edicion de NORMA de El atravesado, 2007, p ..21-30.
Con la nostalgia de repasar estos viejos papeles encontre la primera edicion de El atravesado enviada desde Cali en septiembre 29 de 1975 y con esta dedicatoria, tan tipica y entrañable del estilo de Caicedo, con sus puntudas letras en tinta morada:

A Juan Gustavo Cobo Borda
Un Cyryl Connolly
de mejor humor
y el mismo seso-
y ademas rosadito.
Andres Caicedo.

2) Luis Ospina, en dos Cuadernos del cine colombiano, publicado por la Cinemateca Distrital de Bogota en el 2007 ha reunido, con el titulo de Cartas de un cinéfilo, 1971-1976, la correspondencia de Andrés Caicedo a sus amigos.
Por su parte las cartas de Ospina a Caicedo acaban de aparecer tambien en Luis Ospina: Palabras al viento, Bogota, Aguilar, 2007, p 289-307.
Tambien esta un libro de ensayos publicado en el 2006 por la Universidad Pedagogica Nacional, donde Camilo Enrique Jimenez analiza la narrativa antiadulta de Andres Caicedo bajo el titulo de Literatura, juventud y cultura posmoderna y el admirativo testimonio de Sandro Romero Rey: Andres Caicedo y la muerte sin sosiego (Norma, 2007).

Juan Gustavo Cobo Borda


©2008