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Presencia árabe en la cultura latinoamericana

Juan Gustavo Cobo Borda


En la cultura colombiana


Presencia árabe en la cultura latinoamericana

En la cultura colombiana
Raúl Gómez Jattín: un árabe sui generis


Rubén Dario y las puertas de Oriente

Borges, ciego sueña el Oriente

De como los turcos descubrieron America,
de Jorge Amado
Las voces del desierto de Nelida Piñon


Tres destacados creadores encarnan el mundo árabe en las letras colombianas. La primera, la poeta Meira del Mar (1912-2009). Nacida en Barranquilla es bautizada con el nombre de Isabel Chams Eljach. Era descendiente de padres libaneses, Julián E. Chams e Isabel Eljach. En 1931 viaja al Libano con sus padres y hermanos, en una travesía inolvidable por el Atlántico. El mar y el exilio serán motivos recurrentes de su poesía, al igual que su admiración desde joven por el poeta del Libano Kahlil Gibran (1883-1931), autor de El loco y El profeta, dibujante admirado por su maestro Rodin, y a quien Meira del Mar retrató con estas palabras: “El rostro de un poeta en el sentido antiguo del vocablo: el que predice, anuncia, vaticina. El que ve más allá de la mirada y oye también lo inaudible”.

El segundo Giovanni Quessep, nacido en San Onofre, Sucre, en 1939, de padre libanés y madre bogotana, y cuyo abuelo, Jacob Quessed, llegó al puerto de Cartagena de Indias a fines del siglo XIX, en un barco proveniente de Marsella y que había zarpado de Líbano. Su poesía también está marcado por Biblos y Sherezada, Omar Khayyam, cedros y tamarindos.

El tercero es el novelista Luis Fayad, en cuya novela, La caída de lospuntos cardinales (2000) nos da una visión, amplia y nostálgica, de quienes partieron del Líbano buscando un nuevo Paraíso, una renovada Tierra Prometida. También se destacan el poeta Jorge Garcia Usta (1960-2006) y los narradores Fernando Cruz Kronfly y Juan Gossaín, con su libro La balada de María Abdalá (2003).

Concentremonos, en primer lugar, en la novela de Fayad, un inmejorable punto de partida.

Luis Fayad nació en Bogotá en 1945 y publicó en 1978 una de las novelas más reveladoras de la nueva narrativa urbana, ambientada en Bogotá : Los parientes de Esther. Novela de diálogo y pequeñas existencias empeñadas en sobrevivir, entre los tortuosos escalafones de la burocracia y la lucha tenaz, día a día, para alcanzar las tres comidas diarias en esos hogares de clase media, sostenidos por una estropeada dignidad, y la llegada inexorable de la jubilacion y la vejez. Sin embargo, en el año 2000, y editada por Planeta, Fayad publicó una nueva novela: La caída de los puntos cardinales, donde torna la mirada hacia sus raíces, al viaje de sus ancestros desde el Líbano a la costa norte de Colombia. Un viaje marcado por el azaroso destino, en el sentido literal de la palabra, pues se juega a las cartas. El protagonista, ante las pérdidas de dinero en el poker, decide desembarcar en Sabanilla y borrar de su horizonte a Chile, el lugar hacia donde originariamente se encaminaba. Se trata de Dahmar, profesor de un colegio en Beirut, y su esposa Yanira. Su contricante en el juego es Jalil, sastre en Beirut. Tambien viaja el herrero Muhamed, quien conocía a Yanira desde los 13 años y es ahora su confidente, y el hermano de Jalil, Hichan. Quien tuvo que abandonar Beirut un domingo 27 a las 8 de la noche, ante las perentorias amenzas del padre de quien es ahora su mujer, Hassana. Miembros de la comunidad maronita, en aras del honor debieron dejar atras negocios y hogar; y en el caso de los hermanos Kadalani (Jalil y Hichan), chiitas y masones, un turbio asunto de política, en una atentado contra “un Mutasarrife armenio pero investido por el gobierno turco” (p. 34), para el cual trabajaba el padre de Yanira. Pero esas conspiraciones soterradas contra la Sublime Puerta tendrán en Colombia una irónica respuesta: todos ellos son turcos, debido a su pasaporte, rubricado por el Imperio Otomano. Tambien la travesía en barco y el arribo a esa precaria y desangelada tierra, donde liberales y conervadores se hallan enfrascados en sempiternas guerras civiles, comienza a erosionar sus rituales, con nuevos frutos: no el kibe sino la yuca, no el tabule sino los patacones. Lo cual los lleva a aferrarse, con mas ahinco, al juego del taule de su padre, hecho con madera de cedro y dados de marfil. Dos meses de travesía, por mar, ya serán un indicio de lo que acaecera, entre el cambio y la nostalgia. Lo cual se acentuará luego cuando las mujeres, en primer lugar, aprenden en contacto con las muchachas del servicio, los usos y palabras de la nueva tierra; e imigrantes anteriores, como Ibrahim, comienzas a ponerlos en contacto con aduanas y trámites para importar mercancias. Que más tarde, a lomo de mula, comercializarán por los pueblos del interior, abriendo el crédito sobre telas y baratijas, en un país pobre, sacudido por las guerras civiles. En tal sentido la novela sigue de cerca el desarrollo del país a comienzos del siglo XX, y la llegada de estos inmigrantes libaneses a Bogotá, teje un logrado mosaico de figuras colombianas inconfundibles como el señor Contreras, de los trasteos, o el abogado Ruben Marín, el doctor Marín, candidao al Ministerio de Economía, que irán develando a estos extranjeros los intringulis de la vida local.

Que si bien aprenden rápido los tejemanejes para sobrevivir, siguen aferrados a los vinculos con sus paisanos y a ver como poco a poco sus símbolos de identidad se transforman guardados algunos en los armarios y “confinados otros al fondo de los baúles” (p. 143), al contrario del narguile “que viajó con Dahmar desde Beirut y que no pasó de ser un adorno en una esquina de la sala, fue a parar al cuarto de Muhamed para darle el uso original”. Unas costumbres se diluyen, otras se mantienen con fuerza. Quizás la más destacada fuera su hábil astucia para los negocios, como la memorable escena en la cual Dahmar visita a un funcionario del Ministerio y no vacila en tentarlo con una apuesta absurda.La cual el burócrata ganará facilmente si tramita en doce días las licencias de importación de trigo. El soborno cobra asi un aire risueño. Por su parte, Muhamed, el misterioso, viajará al sur en trance de conspiración para secuestrar al Presidente y terminará negociando hojas de parra, tan esenciales en la preparación de las comidas libanesas como el kibbe y tabule fabricado con el trigo importado. Ya son casi colombianas, en la picaresca del negocio, pero siguen siendo libaneses integrales en una vida cotidiana con raíces milenarias. Las cartas que llegan del Líbano, como las de Soraya, prima de Yanira, dibujan un mundo lejano que padece también, en alguna forma, el viaje de tantos hijos suyos al extranjero: “No todos aquí están conformes con los que se van. Se alegran de que a sus paisanos los acompañe el progreso en otras partes, pero se quejan de que muchos se llevan el dinero y nuestro país es cada vez más pobre. Los que tienen y pueden venden sus propiedades y cargan con nuestras riquezas.” (p. 171).

En todo caso, la patria nunca queda atrás del todo. SIempre hay noticias, rumores, nuevos miembros que arriban a esa comunidad, pequeña si se quiere pero cada vez más arraigada en Colombia. Los cambios quedan registrados:

“Cuando las tropas turcas sufrieron la derrota como aliadas de las alemanas en la primera gran guerra, los franceses entraron en Beirut, pusieron su gobernador y apoyaron en Damasco la subida de un Emir” (p. 190).

Los hijos de estos inmigrantes, en Colombia estudian derecho, ingresan a la política, ven como su padres montan fábricas de hilados de algodón, y asisten a las primeras huelgas de los empleados del tranvía eléctrico. La novela, en todo caso, no se desprende nunca de su nucleo original. Dahmar y Muhamed ayudan a Bayur a simular un incendio en su depósito de telas mohosas, con corto circuito y acetona incluida, para cobrar el seguro, pero una tormenta, con rayos y truenos de verdad, logran gracias a Dios el propósito. Por su parte, la mujer de Bayur, cada vez más gordo y quejumbroso, inicia una relación con Muhamed, siempre dentro de la endogamia de esos trasterrados, cada uno con las marcas diferenciadoras de su raices: maronitas, chiitas, drusos. Al igual que sucederá con Jalil casándose con una viuda con tres hijos, con lo cual él tendría con quien recordar sus días de juventud en Beirut y ella los suyos en Trípoli. La novela que incluye la figura de Jorge Eliécer Gaitán y el consabido desastre del 9 de abril, concluye dentro de la filosofía ya anunciada: en el aniversario de la muerte de Dahmar su mujer Yanira se entrega a Muhamed, fieles de algún modo al pasado, al hijo que ella tuvo en esta tierra y al cuerpo de su marido ya enterrado en Colombia, pero con el corazon, sin duda, aun quemandose con el recuerdo del que habia conocido en el Líbano.

Una vez visualizado, a traves de la novela, el panorama general de la inmigracion arabe a Colombia, su insercion productiva en una nueva tierra, con fabricas y restaurantes, con ascenso social y participacion colectiva, podemos fijarnos en la vision con que los poetas miraron hacia atras y descubrieron, en la palabra, como “a mi reciente orilla”, lo que siempre oyen, ritmico y constante, es “un oleaje de siglos”, tal como Meira del Mar lo expreso en su poema “Ayer”. Desde el siglo VII, por lo menos, esa memoria de la sangre, mantiene vivos “rostros abolidos” y sobre todo lugares que ya tienen una perdurabilidad legendaria:

"Y ven mis ojos resurgir del polvo las ciudades que el dátil convocará junto a su vaso de dulzor, navios que el armonioso mar de los abuelos con sus velas de púrpura cruzaron, pastores que la estrella agradecian con la ternura del rabel, antiguas gentes profundas, milenarias gentes, la vieja raza donde hubo forma esta que soy, de canticos y duelo"

Que lograda sintesis en donde nomadas y sedentarios, el mar y la ciudad, entrelazan sus referencias, en una musica ancestral. En un arduo y dilatado proceso de identidad inconfundible. Quizas por ello, en otro de sus poemas, 'Inmigrantes', ya son los abuelos quienes edifican la casa, "como antes la tienda en los verdes oasis", para trocar las viejas palabras en palabras nuevas. Ya no son las piedras de Beritos sino el jaguar y el puma, "ocultos en la selva". Compartidos los dos con largueza, "tal el odre del agua en la sed el desierto". La arena, como el tiempo, todo lo cubre, erosiona y desfigura. Pero incluso en tal proceso mantienen la conciencia de la perdida: "rememoran el dia/ en que bled fue borrandose/ detras del horizonte". Como anota la misma autora bled , en arabe, significa la patria, el pais, la tierra natal.

Por su parte Quessep, quien cultiva una poesia lirica, de fuerte carga metaforica y referencias ocultas, tambien reitera elementos similares, con un tono propio. Tal el definitorio titulo de un libro suyo de 1993: “Un jardin y un desierto”, donde un poema titulado "Escritura", en sus dos estrofas finales, convoca la caligrafia de piedra de la Alhambra, en estos terminos:

"Me nombro en la escritura de la Alhambra. El desierto no es mas que una aventura del arabe. Su huerto a la piedra resiste cantando en la Gacela: El paraiso existe si duerme el centinela."

Ese poder del sueño para modificar la realidad, para hacer que el peso de lo terrestre se transforme en voluta de gracia y cielo, puede incidir en ese extranjero sonambulo, que no se reconoce a si mismo, incluso "entre gentes que amo", en "una ciudad blanca" (¿Popayan?) donde "es posible que muera / soñando un país de dátiles / y un barco donde cantan navegantes fenicios". Igual que en Meira del Mar el tambien convoca a los datiles, el tambien apela a los legendarios navegantes. El tambien establecera un comercio, no de telas y perfumes, como en Fayad, sino de imagenes, como las que se desprenden de Omar Khayyam , cuando insomne lo lea bajo la luna, y asuma que el azul es color del luto arabe, como lo preciso Nicanos Velez en el prologo de un libro donde se reune toda su poesia : Metamorfosis del jardin. Poesia reunida (1968-2006), 2007, sino que tambien el lapizlazuli es la piedra emblematica del Líbano.

Por ello el azul recorrera toda su poesia, incluso en sus momentos mas conturbadores, cuando en la "Elegia" a la muerte de su padre, funde la hoja de cedro, el rumoroso azul, "la luna/ Callada del que duerme", y

"La soledad de piedra/ De esa otra Biblos que es la muerte".




RAÚL GOMEZ JATTIN : UN ARABE SUI GENERIS


"A fines de los años veinte, Lola Jattin Safar vivia con sus cinco hijos y su esposo, Abdala Chadid, en Sincelejo, pero conocio y se enamoro en Cartagena de Joaquin Gomez Reynero, un abogado local que, tras abandonar a su esposa, se fue a vivir con ella a Lorica”: asi lo cuenta Heriberto Fiorillo en su libro Arde Raul (2003) . De esta unión, escandalosa para la epoca, naceria en mayo de 1945 en Cartagena el poeta Raul Gomez Jattin, quien vivira su adolescencia en Cerete y morira en la misma Cartagena el 22 de mayo de 1997 conviertiendose en un fulgurante mito de la poesia colombiana. Tanto por la vitalidad exacerbada de sus versos como por la rebeldia impugnadora de su existencia. Homosexual, drogadicto, visitante asiduo de clinicas siquiatricas, incluso en Cuba, termino sus dias atropellado por un bus, convertido ya en un deshecho humano, mendigo por las calles de su ciudad natal.

“La madre lo hartaba de quibbe y el padre de literatura", recuerda su hermano Gabriel. Y uno de sus amigos, Ivan Barboza, dira:" Raul se consideraba un arabe, pero un arabe bastardo”. En todo caso, la profunda tension edipica con su madre, tal como queda patente en este poema, de su libro Retratos (1988) donde su figura se halla cruzada siempre por la referencia a su origen, desde el titulo mismo, sera raiz basica de su poesia.

Un fuego ebrio de las montañas del Libano

Yo te sé de memoria Dama enlutada Señora de mi noche Verdugo de mi día En ti están las fuentes de mi melancolía y del fervor de estos versos En ti circula un fuego ebrio de las montañas del Libano En mi vapores densos de tu delirio nublan mi mediocre razon española Madre yo te perdono el haberme traido al mundo Aunque el mundo no me reconcilie contigo

Esa tortuosa relacion con su madre asomara una y otra vez en sus versos, pero sera tambien ella la que terminara por darle esa nitidez perturbadora a sus poemas, enfrentandose a sus traumas y afrontandolos con su palabra, gracias a “La transparencia oriental que asimismo mi madre

y su vientre de Arabia habian sembrado en el hijo que se lanzo al vacio de la muerte apenas defendido por el amor a las palabras”, tal como lo escribio en su poema “Salamandra para Octavio Paz”. En ese cruce de tensiones se puede estudiar mejor su agresiva relacion con su abuela, quien “venida de Constantinopla” y “fugada de un haren”, calificara de “mujer malvada”, a quien odio en su niñez, pero que ahora comprende mejor

“Con sus ‘mierdas’ en arabe y español con su soledad en esos dos idiomas Y ese vago destello en su espalda de alta espiga de Siria”,

como termina por exorcisarla, en su poema “Abuela oriental”. Finalmente su imaginario erotico , tan nitido en su poema “Principe del valle del Sinu”, tiene toda la sensualidad de una viñeta oriental y sus elementos caracteristicos, de “joven dios agrario alejando el mal invierno”. Alli estan “la noche de Damasco en sus ojos”, su elegancia: “la del caballo del desierto”. Su maneras: “la presencia de los antepasados orientales fumando /el hachis”. Tendido sobre un “cojin de seda verde pistacho”, consumiendo uvas pasas, ajonjoli, almendras, yogur acido, “la carne cruda con cebolla y trigo” y “el pan acimo”, se convierte asi en el deseo mismo, la esencia del “adolescente eterno que habita/ la ilusion del poeta y su locura de alcanzarlo”.

Medalla grabada por las dos caras, en la otra, en su perfil de faraon Micerino, la barca que navega entre nenufares, los ibis que vuelan sobre el rio, anuncias “la momia embalsamada” del propio Micerino. Quien luego de consultar el Libro de los Muertos y los sacerdotes de Osiris teme no “morir a tiempo” para ser enterrado bajo esa piramide - obra humana - cuya construccion tanto se demora. En la vida, como en la muerte, el hombre no cumple sus sueños. Y ese fatalismo oriental hace aun mas dramatica su poesia.

Quisiera, finalmente, en el caso colombiano, mostrar otra vertiente del influjo arabe en sus letras. Ya no el de los escritores que por razones de sangre se hallan vinculados a dicha cultura sino el caso de quienes por motivos de espiritu han hallado en el mundo arabe fascinacion y estimulo. Enumero solo tres : el poeta Eduardo Carranza quien en 1957 publicaria en España su libro El olvidado y Alhambra. El ensayista, traductor de poesia francesa y tambien poeta Andres Holguin que publicaria en 1982 su libro de viajes, reflexiones y ensoñaciones titulado Notas egipcias y la novela de Alvaro Mutis de 1986 titulada Abdul Bashur, soñador de navios, compañero fraterno en las andanzas de Maqroll el Gaviero por paises mediterraneos y regiones colombianas. El poema de Eduardo Carranza sobre la Alhambra tiene el encanto de dibujo sugerente, en musica y sensualidad, donde cuenta mas lo que no se dice que lo explicito. Un delirio transfigurado en geometria, donde el aroma del azahar (palabra arabe si las hay) y el jazmin edifica patios, ventanas, columnas, para albergar alli “la gacela sideral”, en pos de un agua inextinguible. Carranza vio bien como la tension fecunda del impulso arabe parte de las arenas del desierto para remansarse en arcaduces y jardines donde siempre murmura su musica el rumor del agua. Donde el impetu guerrero de la conquista halla el oasis de la meditacion y la poesia. De la caligrafia, sin imagenes, que talla y orna los muros con las suras del Coran y las admoniciones de Ala a traves de su profeta Mahoma. Por ello Carranza nos trae siglos de dominacion arabe marcando el idioma español con la riqueza de sus vocablos, que arribaran a America y que le permitiran al poeta de los llanos orientales colombianos hablarnos de como

“volaba la recta tras la curva y la curva se abria como un angel quieto y volando”.

El cuento arabe, la musica arabe, ya esta aqui, transustanciada en poesia colombiana.

Igual sucedera con quien fuera su alumno en las clases de literatura del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario : Alvaro Mutis. En dos libros de poesia, mas incluso que en la novela mencionada, el mundo arabe irrumpe con una fuerza inusitada. El primero son Los emisarios (1984) y el segundo Un homejane y Siete Nocturnos (1986). En el primero, una calle de Cordoba, España y un “Triptico de La Alhmabra”, le permiten recrear, en el Mexuar, en la Alcazaba, un pasado epico de sangre y guerra, de dominacion y olvido. Un patio donde el Comendador de los Creyentes escucho a visires y soplones, admitio sus reverencias y soporto sus formulas ceremoniales, antes de impartir inflexible justicia. Ahora solo “las inscripciones de los versos / de Ibn Zamrak/ que celebran la hermosura del lugar” (p. 55) y el vuelo despreocupado de un gorrion son los unicos custodios de ese lugar incomparable. Por su parte, en el “Nocturno en Al- Mansurah”, un rey frances reza y agurda la muerte:

“ Tendido en un jergon de la humilde morada del escriba Fakhr-el-Din, Luis de Francia, noveno de su nombre, ausculta la noche del delta” (p. 43) Habia convocado una cruzada, fue derrotado en la batalla “a orillas de Bar-al- Seghir”, y es prisionero del Sultan de Egipto. Pero ahora, con las ropas sucias de sangre y lodo, solo le queda aguardar el juicio de Dios y repetir sus oraciones: se convertira asi en San Luis, rey de Francia. La noche, en los dos casos, ha ido borrando el ruido de las armaduras y la rabia de las blasfemias, tipico de las guerras. Subsisten apenas el consuelo del silencio y la levedad de la poesia, para conjurar el estrepito de una historia que naufraga en el olvido. Que se borra, como las aguas del Nilo cada año renuevan la tierra y permitan que el escriba, en hojas de papiro, en inscripciones de piedra, narre los hechos, invoque los muertos, mantenga viva la memoria del mundo.

Es bien sabido como la lectura de las Mil y Una Noches marco la infancia de Gabriel Garcia Marquez y como ella se refleja en toda su obra. Sin embargo, hay otro dato oculto y aun mas significativo. La madre de su novia desde los 9 años y posteriormente su mujer Mercedes Raquel Barcha Pardo

“pertenecia a una familia de ganaderos, al igual que su padre; sin embargo, este, Demetrio Barcha Velilla, era en parte descndiente de emigrados de Oriente Medio, aunque él habia nacido en Corozal y era catolico. El padre de Demetrio, Elias Barcha Facure, venia de Alejandria, aunque probablemente era de origen libanes: de ahi es de suponer, la ‘sigilosa belleza de una serpiente del Nilo’ de Mercedes. Elias habia obtenido la nacionalidad colombiana el 23 de mayo de 1932, seis meses antes de que naciera Mercedes. Murio casi centenario, y leia la fortuna en los posos de cafe. ‘Mi abuelo era un egipico puro- me dijo-. Me ponia a brincar sobre sus rodillas y me cantaba en arabe. Siempre vestia de lino blanco, con corbata negra, reloj de oro y sombrero de paja, como Maurice Chevalier. Se murio cuando yo tenia unos siete años’”. Como nos lo ha revelado Gerald Martin en su reciente biografia Gabriel Garcia Marquez, una vida ( Bogotá. Mondadori, 2009, p. 120) Es decir, que Garcia Marquez de algun modo tenia en su hogar, en su cocina y su lecho, una vinculacion inmediata con el mundo arabe y su cultura. Por ello, para concluir, esta imagen cuando despues del diluvio en Cien años de soledad se ve a los arabes de la tercera generacion sentados en el mismo lugar y en la misma actitud de sus padres y sus abuelos frente a la puerta de sus bazares “taciturnos, impavidos, invulnerables al tiempo y al desastre”. Al perguntarles Aureliano Segundo con su informalidad de que recursos misteriosos se habian valido para no naufragar en la tormenta, todos, con “una sonrisa ladina y una mirad de ensueño” le respondieron lo mismo : Nadando.

©2009
Juan Gustavo Cobo Borda