|
|
Tres destacados creadores encarnan el mundo árabe en las letras colombianas. La primera, la poeta Meira del Mar (1912-2009). Nacida en Barranquilla es bautizada con el nombre de Isabel Chams Eljach. Era descendiente de padres libaneses, Julián E. Chams e Isabel Eljach. En 1931 viaja al Libano con sus padres y hermanos, en una travesía inolvidable por el Atlántico. El mar y el exilio serán motivos recurrentes de su poesía, al igual que su admiración desde joven por el poeta del Libano Kahlil Gibran (1883-1931), autor de El loco y El profeta, dibujante admirado por su maestro Rodin, y a quien Meira del Mar retrató con estas palabras: El rostro de un poeta en el sentido antiguo del vocablo: el que predice, anuncia, vaticina. El que ve más allá de la mirada y oye también lo inaudible.
El segundo Giovanni Quessep, nacido en San Onofre, Sucre, en 1939, de padre libanés y madre bogotana, y cuyo abuelo, Jacob Quessed, llegó al puerto de Cartagena de Indias a fines del siglo XIX, en un barco proveniente de Marsella y que había zarpado de Líbano. Su poesía también está marcado por Biblos y Sherezada, Omar Khayyam, cedros y tamarindos.
El tercero es el novelista Luis Fayad, en cuya novela, La caída de los puntos cardinales (2000) nos da una visión, amplia y nostálgica, de quienes partieron del Líbano buscando un nuevo Paraíso, una renovada Tierra Prometida. Concentremonos, en primer lugar, en este texto, un inmejorable punto de partida.
Luis Fayad nació en Bogotá en 1945 y publicó en 1978 una de las novelas más reveladoras de la nueva narrativa urbana, ambientada en Bogotá : Los parientes de Esther. Novela de diálogo y pequeñas existencias empeñadas en sobrevivir, entre los tortuosos escalafones de la burocracia y la lucha tenaz, día a día, para alcanzar las tres comidas diarias en esos hogares de clase media, sostenidos por una estropeada dignidad, y la llegada inexorable de la jubilacion y la vejez. Sin embargo, en el año 2000, y editada por Planeta, Fayad publicó una nueva novela: La caída de los puntos cardinales, donde torna la mirada hacia sus raíces, al viaje de sus ancestros desde el Líbano a la costa norte de Colombia. Un viaje marcado por el azaroso destino, en el sentido literal de la palabra, pues se juega a las cartas. El protagonista, ante las pérdidas de dinero en el poker, decide desembarcar en Sabanilla y borrar de su horizonte a Chile, el lugar hacia donde originariamente se encaminaba.
Se trata de Dahmar, profesor de un colegio en Beirut, y su esposa Yanira. Su contricante en el juego es Jalil, sastre en Beirut. Tambien viaja el herrero Muhamed, quien conocía a Yanira desde los 13 años y es ahora su confidente, y el hermano de Jalil, Hichan. Quien tuvo que abandonar Beirut un domingo 27 a las 8 de la noche, ante las perentorias amenzas del padre de quien es ahora su mujer, Hassana. Miembros de la comunidad maronita, en aras del honor debieron dejar atras negocios y hogar; y en el caso de los hermanos Kadalani (Jalil y Hichan), chiitas y masones, un turbio asunto de política, en una atentado contra un Mutasarrife armenio pero investido por el gobierno turco (p. 34), para el cual trabajaba el padre de Yanira.
Pero esas conspiraciones soterradas contra la Sublime Puerta tendrán en Colombia una irónica respuesta: todos ellos son turcos, debido a su pasaporte, rubricado por el Imperio Otomano. Tambien la travesía en barco y el arribo a esa precaria y desangelada tierra, donde liberales y conservadores se hallan enfrascados en sempiternas guerras civiles, comienza a erosionar sus rituales, con nuevos frutos: no el kibe sino la yuca, no el tabule sino los patacones. Lo cual los lleva a aferrarse, con mas ahinco, al juego del taule de su padre, hecho con madera de cedro y dados de marfil. Dos meses de travesía, por mar, ya serán un indicio de lo que acaecera, entre el cambio y la nostalgia.
Lo cual se acentuará luego cuando las mujeres, en primer lugar, aprenden en contacto con las muchachas del servicio, los usos y palabras de la nueva tierra; e imigrantes anteriores, como Ibrahim, comienzas a ponerlos en contacto con aduanas y trámites para importar mercancias. Que más tarde, a lomo de mula, comercializarán por los pueblos del interior, abriendo el crédito sobre telas y baratijas, en un país pobre, sacudido por las guerras civiles. En tal sentido la novela sigue de cerca el desarrollo del país a comienzos del siglo XX, y la llegada de estos inmigrantes libaneses a Bogotá, teje un logrado mosaico de figuras colombianas inconfundibles como el señor Contreras, de los trasteos, o el abogado Ruben Marín, el doctor Marín, candidao al Ministerio de Economía, que irán develando a estos extranjeros los intringulis de la vida local.
Que si bien aprenden rápido los tejemanejes para sobrevivir, siguen aferrados a los vinculos con sus paisanos y a ver como poco a poco sus símbolos de identidad se transforman guardados algunos en los armarios y confinados otros al fondo de los baúles (p. 143), al contrario del narguile que viajó con Dahmar desde Beirut y que no pasó de ser un adorno en una esquina de la sala, fue a parar al cuarto de Muhamed para darle el uso original. Unas costumbres se diluyen, otras se mantienen con fuerza. Quizás la más destacada fuera su hábil astucia para los negocios, como la memorable escena en la cual Dahmar visita a un funcionario del Ministerio y no vacila en tentarlo con una apuesta absurda. La cual el burócrata ganará facilmente si tramita en doce días las licencias de importación de trigo. El soborno cobra asi un aire risueño. Por su parte, Muhamed, el misterioso, viajará al sur en trance de conspiración para secuestrar al
Presidente y terminará negociando hojas de parra, tan esenciales en la preparación de las comidas libanesas como el kibbe y tabule fabricado con el trigo importado. Ya son casi colombianas, en la picaresca del negocio, pero siguen siendo libaneses integrales en una vida cotidiana con raíces milenarias. Las cartas que llegan del Líbano, como las de Soraya, prima de Yanira, dibujan un mundo lejano que padece también, en alguna forma, el viaje de tantos hijos suyos al extranjero: No todos aquí están conformes con los que se van. Se alegran de que a sus paisanos los acompañe el progreso en otras partes, pero se quejan de que muchos se llevan el dinero y nuestro país es cada vez más pobre. Los que tienen y pueden venden sus propiedades y cargan con nuestras riquezas. (p. 171).
En todo caso, la patria nunca queda atrás del todo. SIempre hay noticias, rumores, nuevos miembros que arriban a esa comunidad, pequeña si se quiere pero cada vez más arraigada en Colombia. Los cambios quedan registrados:
Cuando las tropas turcas sufrieron la derrota como aliadas de las alemanas en la primera gran guerra, los franceses entraron en Beirut, pusieron su gobernador y apoyaron en Damasco la subida de un Emir (p. 190).
Los hijos de estos inmigrantes, en Colombia estudian derecho, ingresan a la política, ven como su padres montan fábricas de hilados de algodón, y asisten a las primeras huelgas de los empleados del tranvía eléctrico. La novela, en todo caso, no se desprende nunca de su nucleo original. Dahmar y Muhamed ayudan a Bayur a simular un incendio en su depósito de telas mohosas, con corto circuito y acetona incluida, para cobrar el seguro, pero una tormenta, con rayos y truenos de verdad, logran gracias a Dios el propósito. Por su parte, la mujer de Bayur, cada vez más gordo y quejumbroso, inicia una relación con Muhamed, siempre dentro de la endogamia de esos trasterrados, cada uno con las marcas diferenciadoras de su raices: maronitas, chiitas, drusos. Al igual que sucederá con Jalil casándose con una viuda con tres hijos, con lo cual él tendría con quien recordar sus días de juventud en Beirut y ella los suyos en Trípoli. La novela que incluye la figura de Jorge Eliécer Gaitán y el consabido desastre del 9 de abril, concluye dentro de la filosofía ya anunciada: en el aniversario de la muerte de Dahmar su mujer Yanira se entrega a Muhamed, fieles de algún modo al pasado, al hijo que ella tuvo en esta tierra y al cuerpo de su marido ya enterrado en Colombia, pero con el corazon, sin lo duda, aun quemandose con el recuerdo del que habia conocido en el Líbano.
Una vez visualizado, a traves de la novela, el panorama general de la inmigracion arabe a Colombia, su insercion productiva en una nueva tierra, con fabricas y restaurantes, con ascenso social y participacion comunitaria, podemos fijarnos en la vision con que los poetas miraron hacia atras y descubrieron, en la palabra, como a mi reciente orilla, lo que siempre oyen, ritmico y constante, es un oleaje de siglos, tal como Meira del Mar lo expreso en su poema Ayer. Desde el siglo VII, por lo menos, esa memoria de la sangre, mantiene vivos rostros abolidos y sobre todo lugares que ya tienen una perdurabilidad legendaria:
Y ven mis ojos resurgir del polvo
las ciudades que el dátil convocará
junto a su vaso de dulzor, navios
que el armonioso mar de los abuelos
con sus velas de púrpura cruzaron,
pastores que la estrella agradecian
con la ternura del rabel, antiguas
gentes profundas, milenarias gentes,
la vieja raza donde hubo forma
esta que soy, de canticos y duelo
Que lograda síntesis en donde nomadas y sedentarios, el mar y la ciudad, entrelazan sus referencias, en una musica ancestral. En un arduo y dilatado proceso de identidad inconfundible. Quizas por ello, en otro de sus poemas, Inmigrantes, ya son los abuelos quienes edifican la casa, como antes la tienda en los verdes oasis, para trocar las viejas palabras en palabras nuevas. Ya no son las piedras de Beritos sino el jaguar y el puma, ocultos en la selva. Compartidos los dos con largueza, tal el odre del agua en la sed el desierto. La arena, como el tiempo, todo lo cubre, erosiona y desfigura. Pero incluso en tal proceso mantienen la conciencia de la perdida: rememoran el dia/ en que bled fue borrandose/ detras del horizonte. Como anota la misma autora bled , en arabe, significa la patria, el pais, la tierra natal.
Por su parte Quessep, quien cultiva una poesia lírica, de fuerte carga metaforica y referencias ocultas, tambien reitera elementos similares, con un tono propio. Tal el definitorio titulo de un libro suyo de 1993: Un jardin y un desierto, donde un poema titulado Escritura, en sus dos estrofas finales, convoca la caligrafia de piedra de la Alhambra, en estos términos:
Me nombro en la escritura
de la Alhambra. El desierto
no es mas que una aventura
del arabe. Su huerto
a la piedra resiste
cantando en la Gacela:
El paraiso existe
si duerme el centinela.
Ese poder del sueño para modificar la realidad, para hacer que el peso de lo terrestre se transforme en voluta de gracia y cielo, puede incidir en ese extranjero sonambulo, que no se reconoce a si mismo, incluso entre gentes que amo, en una ciudad blanca (¿Popayan?) donde es posible que muera / soñando un país de dátiles / y un barco donde cantan navegantes fenicios. Igual que en Meira del Mar él también convoca a los dátiles, el también apela a los legendarios navegantes. El también establecerá un comercio, no de telas y perfumes, como en Fayad, sino de imágenes, como las que se desprenden de Omar Khayyam , cuando insomne lo lea bajo la luna, y asuma que el azul es color del luto arabe, como lo preciso Nicanos Velez en el prólogo de un libro donde se reune toda su poesía : Metamorfosis del jardín. Poesía reunida (1968-2006), 2007, sino que también el lapizlazuli es la piedra emblematica del Líbano.
Por ello el azul recorrerá toda su poesía, incluso en sus momentos mas conturbadores, cuando en la Elegia a la muerte de su padre, funde la hoja de cedro, el rumoroso azul, la luna/ Callada del que duerme, y
La soledad de piedra/ De esa otra Biblos que es la muerte.
|
|
A fines de los años veinte, Lola Jattin Safar vivía con sus cinco hijos y su esposo, Abdala Chadid, en Sincelejo, pero conocio y se enamoro en Cartagena de Joaquin Gomez Reynero, un abogado local que, tras abandonar a su esposa, se fue a vivir con ella a Lorica: asi lo cuenta Heriberto Fiorillo en su libro Arde Raul (2003) . De esta unión, escandalosa para la epoca, naceria en mayo de 1945 en Cartagena el poeta Raul Gomez Jattin, quien vivira su adolescencia en Cerete y morira en la misma Cartagena el 22 de mayo de 1997 conviertiendose en un fulgurante mito de la poesia colombiana.
Tanto por la vitalidad exacerbada de sus versos como por la rebeldia impugnadora de su existencia. Homosexual, drogadicto, visitante asiduo de clinicas siquiatricas, incluso en Cubo, termino sus dias atropellado por un bus, convertido ya en un deshecho humano, mendigo por las calles de su ciudad natal.
La madre lo hartaba de quibbe y el padre de literatura, recuerda su hermano Gabriel. Y uno de sus amigos, Ivan Barboza, dira: Raul se consideraba un arabe, pero un arabe bastardo. En todo caso, la profunda tension edipica con su madre, tal como queda patente en este poema, de su libro Retratos (1988) donde su figura se halla cruzada siempre por la referencia a su origen, desde el titulo mismo, sera raiz basica de su poesia.
Un fuego ebrio de las montañas del Libano
Yo te sé de memoria Dama enlutada
Señora de mi noche Verdugo de mi día
En ti están las fuentes de mi melancolía
y del fervor de estos versos
En ti circula un fuego ebrio de las montañas del
Libano
En mi vapores densos de tu delirio nublan mi
mediocre razon española
Madre yo te perdono el haberme traido al mundo
Aunque el mundo no me reconcilie contigo
Esa tortuosa relacion con su madre asomara una y otra vez en sus versos, pero sera tambien ella la que terminara por darle esa nitidez perturbadora a sus poemas, enfrentandose a sus traumas y afrontandolos con su palabra, gracias a La transparencia oriental que asimismo mi madre
y su vientre de Arabia habian sembrado en el hijo
que se lanzo al vacio de la muerte
apenas defendido por el amor a las palabras,
tal como lo escribio en su poema Salamandra para Octavio Paz.
En ese cruce de tensiones se puede estudiar mejor su agresiva relacion con su abuela, quien venida de Constantinopla y fugada de un haren, calificara de mujer malvada, a quien odio en su niñez, pero que ahora comprende mejor
Con sus mierdas en arabe y español
con su soledad en esos dos idiomas
Y ese vago destello en su espalda
de alta espiga de Siria,
como termina por exorcisarla, en su poema Abuela oriental.
Finalmente su imaginario erótico , tan nitido en su poema Principe del valle del Sinu, tiene toda la sensualidad de una viñeta oriental y sus elementos caracteristicos, de joven dios agrario alejando el mal invierno. Alli estan la noche de Damasco en sus ojos, su elegancia: la del caballo del desierto. Su maneras: la presencia de los antepasados orientales fumando /el hachis. Tendido sobre un cojin de seda verde pistacho, consumiendo uvas pasas, ajonjoli, almendras, yogur acido, la carne cruda con cebolla y trigo y el pan acimo, se convierte asi en el deseo mismo, la esencia del adolescente eterno que habita/ la ilusion del poeta y su locura de alcanzarlo.
Medalla grabada por las dos caras, en la otra, en su perfil de faraon Micerino, la barca que navega entre nenufares, los ibis que vuelan sobre el rio, anuncias la momia embalsamada del propio Micerino. Quien luego de consultar el Libro de los Muertos y los sacerdotes de Osiris teme no morir a tiempo para ser enterrado bajo esa piramide - obra humana - cuya construccion tanto se demora. En la vida, como en la muerte, el hombre no cumple sus sueños. Y ese fatalismo oriental hace aun mas dolida y dramatica su poesia.
|
|
Ya desde el siglo XIX se fueron estableciendo algunas de las imágenes centrales de lo que seria la concepción imaginaria del mundo árabe a través de la literatura. Esta vendría, en primer lugar, vía España. De historias que tendrían como escenario Córdoba o Granada. De moras enamoradas de caballeros cristianos que veían, ante la reconquista, como los ocho siglos de dominación daban paso al llanto, al dolor y al exilio.
Sin embargo, Rubén Darío (1967-1919) fue quien ademas de renovar la música del verso español, le abrió una dimensión insospechada a las referencias culturales, que abarcaron no solo el simbolismo francés, sino que fijaron, a través de Francia, el lujoso exotismo de otras tierras. La recamada fantasía de cortes orientales y danzarinas con el rostro oculto por un velo aun mas perturbador.
En 1892, en el prologo del libro del poeta español Salvador Rueda, En tropel, elabora una enumeración vertiginosa de todos aquellos territorios físicos y mentales por los cuales viaja la Musa, con el pie descalzo de la Primavera o simplemente desnuda, como hinfa en el bosque. Pero Darío deja atrás Grecia y Roma y dedica cinco estrofas a quien desde el Oriente ya será un tópico proverbial de la poesía latinoamericana. Oigamoslas :
Pájaro errante, ideal golondrina,
vuela de Arabia a un confín solitario,
y ve pasar en su torre argentina
a un rey de Oriente sobre un dromedario;
rey misterioso, magnifico y mago,
dueño opulento de cien Estambules,
y a quien un genio brindara en un lago
góndolas de oro en las aguas azules.
Ese es el rey mas hermoso que el día,
que abre a la musa las puertas de Oriente;
ese es el rey del país Fantasía,
que lleva un claro lucero en la frente.
Es en Oriente donde ella se inspira,
en las moriscas exóticas zambras;
donde primero contempla y admira
las cinceladas divinas alhambras;
las muelles danzas en las alcatifas,
donde la mora sus velos desata;
los pensativos y viejos califas
de ojos obscuros y barbas de plata.
Ruben Dario : Poesia (Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1985)
Reflexionemos sobre aquellos versos de un Rey, con un claro lucero en la frente, que abre a la musa las puertas de Oriente. Efectivamente Rubén Darío las abrió de un modo espléndido, en un torbellino incandescente de luces y ritmo, de lirios, perlas y aromas; de ilusión, extasiada y muda, cuando en mayo de 1907, y desde París, ya no canta a la Musa, sino a La hembra del pavo real; para crear así uno de los símbolos sexuales de su poesía, a través de esta transfiguración humana de una hembra del reino animal:
LA HEMBRA DEL PAVO REAL
En Ecbatana fue una vez ...
O mas bien creo que en Bagdad ...
Era en una rara ciudad,
bien Samarcanda o quizá Fez.
La hembra del pavo real
estaba en el jardín desnuda;
mi alma amorosa estaba muda
y habló la fuente de cristal.
Habló con su trino y su alegro
y su stacatto y son sonoro
y venían del bosque negro
voz de plata y llanto de oro.
La desnuda estaba divina,
salomónica y oriental:
era una joya diamantina
la hembra del pavo real.
Los brazos eran dos poemas
ilustrados de ricas gemas.
Y no hay un verso que concentre
el trigo y albor de palomas,
y lirios y perlas y aromas
que había en los senos y el vientre.
Era una voluptuosidad
que sabia a almendra y a nuez
y a vinos que gusto Simbad...
En Ecbatana fue una vez,
o mas bien creo que en Bagdad.
En las gemas resplandecientes
de las colas de los pavones
caían gotas de las fuentes
de los Orientes de ilusiones.
La divina estaba desnuda.
Rosa y nardo dieron su olor ...
Mi alma estaba extasiada y muda
y en el sexo ardía una flor.
En las terrazas decoradas
con un gesto extraño y fatal
fue desnuda ante mis miradas
la hembra del pavo real.
Escribirá también un prologo a una versión de los Rubaiyat y en un libro titulada Parisiana, publicado en Madrid en 1927, saludara con gran alborozo la versión al francés de Las mil noches y una noche, obra del Dr. J.C. Mardrus. El elogio concluye con este exaltado reconocimiento:
De mi diré que libro alguno ha libertado a mi espíritu de las fatigas de la existencia común, de los dolores cotidianos como este libro de perlas y pedrerías, de magias y hechizos, de realidades tan inasibles y de imaginaciones tan reales. Su aroma es sedativo, sus efluvios benignos, su gozo refrescante y reconfortante. Como cualquier modificador del pensamiento, brinda el don evasivo de los paraísos artificiales sin el inconveniente de las ponzoñas, de los alcoholes y de los alcaloides. Leer ciertos cuentos es como entrar a una piscina de tibia agua de rosas. Y en todos se complacen los cinco sentidos, y los demás que apenas sospechamos:
De estas puertas que se abren y de esa fuente que vivifica la sequedad retorica de nuestra poesia neo-clasica, vendran muchos frutos. El modernismo sera la gran escuela de aprendizaje y flexibilizacion de nuestro idioma. En el caso colombiano seria injusto no mencionar al poeta Guillermo Valencia y su libro Ritos, aparecido en 1914 en Londres, donde dos poemas, por lo menos, miran y recrean el mundo arabe : son ellos Los camellos y Balada. Del primero su musica verbal avanza con majestuoso ritmo :
Dos languidos camellos, de elasticas cervices,
de verdes ojos claros y piel sedosa y rubia,
los cuellos recogidos, hinchadas las narices,
a grandes pasos miden un arenal de Nubia
...........................................................................
Son hijos del Desierto : prestoles la palmera
un largo cuello movil que sus vaivenes finge,
y en sus marchitos rostros que esculpe la Quimera
¡sopló cansancio eterno la boca del Esfinge!
Piramides, caravanas, huesos que blanquea el desierto :
Solo el poeta es lago sobre este mar de arenas,
solo su arteria rota la Humanidad redime.
El segundo poema, un tanto mas truculento, narra la historia de Al-Mojahed, califa de Granada, quien enfermo hace venir un moro , de los confines del Oriente el cual sangrara los brazos de mujeres, quizas miembros del haren, para que el Califa, al beber la copa, recobre la salud, como de hecho sucede. Despues de este despliegue, un tanto cinematográfico, el Envio del poema resulta mas convencional:
Si a las mias que la buscan
tu mística mano alargas,
alentará mi espiritu ya muerto
con la frescura de su amor, ¡oh Hada!.
|
|
Pero en realidad el verdadero heredero de Ruben Dario sera un hombre nacido en Buenos Aires, Jorge Luis Borges (1899-1986), quien en 1935 escribe una aguda nota sobre Los traductores de las 1001 noches: el capitan Burton, Galland, Lane, el Doctor Madrus y Enno Littmann. Todos ellos traducen la obra a su cultura, a sus conocimientos y caprichos, a su animadversion con otros traductores, a lo desaforado y mezquino de su imaginacioón. Las observaciones sobre el Doctor Madrus son certeras:
Madrus no deja nunca de maravillarse de la pobreza de color oriental de las 1001 noches. Con una persistenca no indigna de Cecil B. de Mille, prodiga los visires, los besos, las palmeras y las lunas.
Ya el Oriente es un tópico, unos escenarios desmontables para filmar la siguiente escena, un pretexto no tanto para traducir como para dibujar viñetas art-nouveau. Sin embargo esa traducción tan poco veraz, es la mas legible de todas. Su infidelidad, su infidelidad creadora y feliz, es lo que nos debe importar.
Este sano reconocimiento marcará todos los trabajos de Borges con motivos arabes. Tal su cuento La busca de Averroes, incluido en El Aleph de 1949, tal su parábola en el mismo libro Los dos reyes y los dos laberintos, donde el rey de Babilonia hace pasar una amarga tarde al rey de los árabes en el laberinto de piedra de su palacio. El rey árabe, de regreso a su país, convoca a los ejercitos, vence y arrasa Babilonia, y le ofrece a su rey su propio laberinto, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerias que recorrer, ni muros que te veden el paso.
Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en mitad del desierto donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con Aquel que no muere, como concluye Borges ya convertido en narrador árabe que salmodia sus formas rituales en el zoco.
Mas tarde, en El Hacedor (1960) vuelve a soñar lo ya soñado, en el poema titulado Ariosto y los árabes. Muestra alli como lo que soñó la sarracena gente lo recobra y mantiene el Orlando furioso, incorporándose a su versos e imágenes, para cumplir asi la fecunda polinizacion entre las culturas:
esto, que vagos rostros con turbante
soñaron, se adueño del Occidente.
Es la literatura quien transmite y comunica, pone en contacto y enriquece a los dos interlocutores del dialogo. El libro y su hipotético lector futuro, refrendando quizas lo que Averroes habia dictaminado en su anterior texto : dijo que en los antiguos y en el Qurán estaba cifrada toda poesía y condenó por analfabeta y por vana la ambicion de innovar. Aqui Borges parece sonreirnos pues modula un viejo acorde: Escoria de los sueños indistinto
limo que el Nilo de los sueños deja,
para mostrarnos como un sueño Oriental, un corcel alado, que contamina a Europa en la épica de este poema, retorna a la gente que lo vio nacer, en los desiertos de Oriente/ y la noche cargada de leones, para contarnos, una vez mas, la milenaria historia:
De un rey que entrega, al despuntar el dia,
su reina de una noche a la implacable
cimatarra, nos cuenta el deleitable
libro que al tiempo hechiza todavia.
Es hora, quizas, de terminar. Y nada mejor que estas palabras de un ciego, Borges, quien en 1976, visita la Alhambra y siente lo que sigue:
Grata la voz del agua/ a quienes abrumaron negras arenas/, grato a la mano concava / el marmol circular de la columna,/ gratos los finos laberintos del agua/ entre los limoneros, / grata la música del zejel, /grato el amor y grata la plegaria /dirigida a un Dios que esta solo, grato el jazmín.
|