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Genios


Juan Gustavo Cobo Borda

 
Feo, solterón y extravagante fue Rafael Pombo, el poeta que mejor supo entender el alma irreverente de los niños. Su dicha al romper la lógica y jugar con el absurdo. De esa mente traviesa y feliz brotarían Simón el Bobito, Rin Rin Renacuajo y La pobre viejecita. Pero Pombo no fue solo un poeta de inolvidables trabalenguas para niños formales y no tan formales.

Esta magistral biografía de Luz Helena Restrepo nos recupera por fin a un Pombo casi inabarcable. Uno de los grandes creadores románticos de nuestra América, con su atónita perplejidad ante los misterios nocturnos, y el hombre que se desdobla para hablarnos con apasionada voz de mujer en los poemas que finge escritos por una bogotana llamada ?Edda?.

También el nihilista desgarrado que increpa a Dios por este viaje entre tinieblas y a la vez el costumbrista encantador que elogia el bambuco o los ojos de una señorita, en los álbumes de época.

Todo esto mientras luchaba en pro de la pintura y las escuelas de bellas artes, la preservación del patrimonio arquitectónico, o al buscar, mediante la traducción de los clásicos latinos de Byron o Víctor Hugo, un espacio de convivencia intelectual en medio de la insania perenne de nuestras guerras civiles, que postergaban una y otra vez sus sueños de una patria mas armónica y justa. Regida, en definitiva, por la música inefable de la poesía, a la cual siempre fue fiel, en lo excelso y lo circunstancial, en lo sublime y en la broma rimada. En su infalible oído para la melodía.

Tantos Pombos es lo que capta muy bien Beatriz Helena Robledo acompañando a este ingeniero militar, exiliado por años en EE UU y crítico acérrimo de los filibusteros imperialistas que nos arrebataron Panamá.?

Muestra así muy bien la urdimbre de fervor patriótico y perplejidad crítica con que Pombo se enfrentaba a una Bogotá sucia y provinciana, medularmente unido a su destino. Y muestra también el vuelo libérrimo de su poderosa imaginación ávida de trascender sus miserias sentimentales y la soledad irreductible de este corazón disperso y generoso. Al morir a los 79 años, quizás irónica víctima del mismo polen de las flores con que lo abrumaron en su coronación pública como poeta de la patria, la figura de Pombo conserva toda la fascinación de un enigma. El de un hombre único, como todos los hombres, pero a la vez un poeta íntimo y trascendente, melancólico y profundo. En un país donde moría para siempre María de Isaacs y se suicidaba José Asunción Silva, la figura de Pombo renace íntegra gracias a esta apasionante biografía, tan documentada como perceptiva. Pombo aún tiene mucho que decirnos: escuchémosle atentos: ?Las quejas, el reproche son seguridad/¡Feliz el que consulta oráculos más altos que su dueño!/Es la vejez viajera de la noche;/ y al paso que la tierra se le oculta,/ábrese amigo a su mirada el cielo?.

Escrito en 1890 aún nos conmueve. Aún nos habla en soterrada confidencia, como todo gran poeta.

Rafael Pombo. La vida de un poeta
?Beatriz Helena Robledo
?Editorial Vergara


Juan Gustavo Cobo Borda

©2014