coboborda.org
/ensayos
   

Habitar 'el Paraíso'


Juan Gustavo Cobo Borda


Toda cubierta de lágrimas, las de ella misma y las de sus innumerables lectores, María sigue siendo el más adorable fantasma de las letras colombianas. Borges la elogió y los nadaistas pretendieron denigrarla, pero cada generación la redescubre, de nuevo, para vivir conmovido e impaciente en sus páginas.

A veces, con la suficiencia pretenciosa de quien cree haberse curado, la dejamos de lado. Grave error.

No hay más que releerla para quedar de nuevo cautivos. Hay allí aromas intactos, pasiones que no decaen, asombros y dulzuras inenarrables. Cuando permanecemos presos en nuestras cárceles de ladrillo y asfalto, María nos recuerda el nombre de las matas, la suavidad del agua. El oxígeno liberador que encierra el aire. Con razón la hacienda se denomina "El Paraíso". A las piletas sensuales las muchachas morenas nos encadenarán con argollas de flores y un viento arrebatador, al galope, nos arrastrará consigo en el delirio del mejor romanticismo.

No nos olvidamos de quien era Isaacs, guerrero y explorador, político y poeta, pero lo que nunca podremos soslayar es el milagro de su palabra. Reticente y misteriosa en los diálogos, pero también fosforescente y desatada cuando se hunde en el abismo sugerente de sus nocturnos sin par.

Desde Londres un joven recrea a su amada y la buhardilla se impregnará con su aroma. Con el perfume de su pelo suelto. Pero ese cuchillo punzante será aún más brutal pues ya la muerte ha cobrado su cuota. Así son las grandes novelas: juegan con lo sabido, para aguarnos los ojos con frescas lagrimas. De ahí que María, plena e irrefutable, encabece el primero de los grandes espacios donde Colombia respira liberada. Ese Valle del Cauca, de apacibles horizontes y ensoñación trágica. En él, como en La vorágine de Rivera y los Cien años de soledad de García Márquez, nos encontramos por fin con nuestro rostro. Nos apropiamos del español, y lo revitalizamos, sin peajes ni trampas.

Por ello es tan valioso el peregrinaje que Sylvia Patiño, con su cámara, ha hecho, leyendo de nuevo la novela, mirándola con otros ojos, impregnándola con la sugerente patina de sus fotos milenarias donde el tiempo se ha vuelto historia transustanciada. El árbol, la piedra, la casa: todo nos habla encantado. El lenguaje se ha transformado, con elegante sutileza, para convertirse en imagen perdurable. Isaacs, de seguro, asistiría complacido ante este nuevo milagro que suscita su verbo fecundo y entrañable.

Libros como el de Sylvia Patiño, donde el texto de María y sus fotos dilatan nuestra imaginación cercada por el miedo y la sobrevivencia diaria, no nos permiten olvidar que existen crepúsculos y samanes. Otra patria con mejores aires. Parecería necesario releer el pasado para conferirle algo de su energía creativa a este presente tan esmirriado.


María?
Jorge Isaacs
?Una publicación de Sylvia Patiño


Juan Gustavo Cobo Borda

©2014