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Botero, una vida en el arte

Por Juan Gustavo Cobo Borda

El pueblo era pequeño y encerrado entre montañas. En sus calles abigarradas la gente se levantaba temprano a trabajar y, en todas las parroquias, las campanas recordaban que el ojo de Dios nunca cerraba sus parpados. La gloriosa trinidad bendita de su dieta - frisoles, mazamorra y arepa - mantendría en pie al antioqueño, de todo el maiz, que se irá a extraer el oro, hacer negocios o, siguiendo sus sembrados de pan coger por las laderas de la cordillera, llegara hasta el norte del Valle, en la ruta del café que integró a Colombia a partir de esa colonización paisa, tan visible en un oleo de esta muestra como El camino, de 2001 o en dibujos como La ciudad, de 1993, donde la reminiscencia de su padre, con sus animales cargados de mercancía, se internarian por los caminos del progreso tal como lo hacia David Botero Mejía. La ciudad tiene mucho de campesina y el campo comienza apenas se sale de la ciudad, con las pintadas de los políticos en las piedras y e influjo del radio transistor.

 Prima la política conservadora, aunque aquí naciera Rafael Uribe Uribe, el caudillo liberal que perdió todas las guerras. Pero esa ciudad que amaba el juego, la música y el baile, tendría talmbien otra cara, no solo la de fechas espectaculares, como la muerte de algún obispo, con toda la morada purpura de su sepelio, entre el incienso que satura el aire y la barroca orfebreria de sus tallas religiosas , sino también catástrofes mas modernas, como el accidente de aviación en que fallece Carlos Gardel, el morocho del mercado de abasto que cada día canta mejor el tango.

Esa cultura popular latinoamericana, muy bien estudiada en el texto de Mario Vargas Llosa aqui incluido, sera decisiva en la mitología bohemia de Fernando Botero, donde sus burdeles se tiñen de tintes hogareños y sus bailes y sus músicos exhiben la compensación con que la pobreza celebra y exulta sus dichas provincianas, en ceñidos vestidos vibrantes  bajo banderolas de feria, sin olvidar mariachis y boleros. Aun recuerdo la ocasión en que un compañero generacional de Fernando Botero, el escritor Manuel Mejía Vallejo me llevó, antes del ensanche modernizador, a un lugar en Medellín donde se oian tangos y atildados caballeros de cruzados trajes marrones, camisa oscura, corbata blanca, zapatos de dos colores y peinados con gomina, como no, se desdoblaban en inverosimiles coreografías con esas ondulantes damiselas de vaporosos vestidos de colores y mucha bisuteria, los últimos exponentes de un mundo próximo a extinguirse.

Todo esto es lo que Fernando Botero ha vuelvo perdurable en su poética nostalgia, que conjugaría la urdimbre latinoamericana de su textura plástica con los pintores del Quatrocento italiano, los Giotto, Masaccio y Piero della Francesca, proverbiales en su formación.

Pero estamos en México y de México en relación con Colombia es pertinente hablar en esta feliz ocasión. Quiero recordar a Jose Vasconcelos, el secretario de educación a quien amo Antonieta Rivas Mercado y se suicidó por él y que daría los muros de las instituciones oficiales a la gran trilogía de José Clemente Orozco, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. El que nos visito en Colombia como maestro de juventudes americanas, con claro lenguaje anti-imperialista y con el patrocinio del presidente Eduardo Santos, para deplorar la pérdida de Panama y mostrar como la revolución mexicana habia sacudido al pueblo en canciones y corridos, coplas y grabados populares- aqui asoma en bicicleta José Guadalupe Posada abrazado a una calavera - si no también en contrato social y repartición de tierras.

En los años veinte del siglo XX Germán Arciniegas se escribiria admirado con el maestro Vasconcelos y en su revista Universidad alentaría a los jovenes, al estudiante de la mesa redonda, a ser críticos e independientes y a pensar en América como unidad en lo diverso: el continente de siete colores. Cuando, en 1977, Arciniegas publica uno de los primeros y mas válidos libros sobre Fernando Botero, todo ello estaría al trasluz de su interpretación.

Al gran memorialista que fue Vasconcelos habrá que añadir, en esta mañana de celebración, tres sombras poéticas mexicanas. Carlos Pellicer, quien acompañó a Vasconcelos en su gira de integración y Gilberto Owen y José Gorostiza, quienes estuvieron en Bogotá. Owen saludaría en EL TIEMPO, de Bogotá, la primera exposición de Alejandro Obregón y el inicio de la pintura moderna en Colombia y escribiría también la primera monografía sobre Ignacio Gómez Jaramillo, un pintor en cuyo taller Fernando Botero admiraria la cerámica precolombina quimbaya, con sus formas rotundas y quien, en 1936, viajaria a México a estudiar el muralismo.  Gorostiza estaba en Bogotá acompañando a Jaime Torres Bodet, el 9 de abril de 1948 en la delegacioón mexicana cuando el terrible bogotazo.

En 1956 y 1957, cuando Botero reside en México, muchos hechos decisivos se conjugan: nace  su hijo mayor, se fortalece y crece su amistad con el poeta Alvaro Mutis quien lo habia apoyado a traves de a revista Lámpara, como ilustrador, expone en la galeria de Antonio Souza y una mandolina crece de modo imprevisto para celebrar la belleza con la sensualidad de la forma y la plenitud avasalladora con que su pintura se expande y configura el mundo. No solo el suyo sino el de todos nosotros, que empezamos a vivir lo que bien pudiera denominarse la era Botero.

La terca fidelidad a sus convicciones y a sus siete o mas horas de trabajo diario en el taller, en cualquier lugar del mundo donde encuentre o en la playa de Zihuatanejo, Guerrero, donde religiosamente un mes al año se dedica al dibujo; y a estudiar y evaluar temas, para el futuro.

Este pintor de la vieja guardia, como se define, nos llevara a vivir, con sus ojos, en el orbe encantado de los museos (El Prado, el Louvre) y en 5000 años de pintura occidental, en plazas e iglesias italianas. Que lección inapreciable la de estos Piero della Francesca, Velasquez y su "niño de Vallecas", Rubens e Ingres, recreados, transformados, vueltos todos ellos Botero. Obsesión que se contagia y demuestra la fuerza de su estilo absoluto para ver todo de acuerdo a su imposición como maestro que no claudica en el Museo del Palacio de Bellas Artes. Quizás por ello, Carlos Fuentes apunta con tan certero ojo de narrador al corazón de la obra de Botero: la mujer. En una sociedad machista es ella la que rige los destinos y sostiene la casa. Y tambien alienta a los hijos a ser pintor, cueste lo que cueste, como sucedio con quien teniendo apellidos tan paisas como Flora Angulo Jaramillo, nunca dejo de inspirar a su hijo. Celebremos entonces estos 80 años de quién con tanta generosidad nos ha dado a los colombianos la fruición y el goce de compartir largos soliloquios con Corot y Picasso, Beckman y Giacometti, y al mundo entero, su obra que no cesa. Que se expande y seduce de Quebec a Estambul. Con razon, Jaime Moreno Villareal se ha detenido en "La niña perdida en el jardin" (1959), para señalarnos como el embeleso con que contemplamos la pintura solo adquiere sentido y proyección cuando ella, la pintura, la que nos mira, enmudece y señala nuestros destinos de pueblos afines y gentes hermanadas en la alegría del arte, como en esta muestra excepcional, en el Palacio de Bellas Artes de Mexico DF, que celebra los 80 años de Fernando Botero.

©2012
Palabras leidas por Juan Gustavo Cobo Borda en el Palacio de Bellas Artes de Mexico al presentar el catalogo "Fernando Botero, una celebracion".