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Café El Automático, Bogotá

LOS CAFÉS

Juan Gustavo Cobo Borda

El café "es el dulce hogar para quellos para lo que el dulce hogar es un horro". Asi escribia Alfred Polgar en 1926 refiriéndose al café Central de Viena. Solo que desde 1650, al hablar de las Coffehouses inglesas, el café está intimamente ligado a la literatura, al ocio, a la conspiración, y a esa mezcla sutil entre bohemia y laboriosidad que caracteriza a los habituales del café. Un solo dato: Jean Paul Sartre escribió un denso tratado metafísico, en la senda de Heidegger, titulado El ser y la nada en las mesas del parisino cafe de Flore, donde incorporó al texto argumentos proporcionados por el camarero.

En 1700, ya Londres contaba con tres mil establecimientos para el consumo de café, en una ciudad de seiscientos mil habitantes. Pero en 1709, un periódico, El Charlatán (The Tatler) resume todas las noticias de la ciudad, de la bolsa  a los espectáculos, al tener como base de su información lo que se dice en los cafés. Algo que los periodistas no dejarán de aprovechar desde entonces: un último café chismoso antes del cierre de la edición.

Steele, en El Charlatan y Addison, con The Spectator (1711) quisieron dar a sus lectores algo más que noticias fugaces. Ensayos donde brillará el ingenio y el conocimiento.

Pero fueron los cafés parisinos, de 1780, como el Procope, el café de la Regence o el café de Fey, los que engendraron, en la caldeada atmósfera de inteligencias como las de Voltaire, Rousseau, Diderot y D'Alambert, tanto la Encliclopedia como la revolución de 1789. Pero esas manifestaciones, bruscas o incendiarias o de largo aliento, tenian raices singulares. En el Procope, un dia se empezó a hablar de la armonia y la discusión duro once meses. Ese mundo es el que nos rescata Antoni Mari Monterde en su libro Poetica del cafe. Un espacio de la modernidad literaria europea (Barcelona, Anagrama, 2007)

Pero no solo de ella, de la europea, sino tamnbien de la nuestra, la latinoamerica. En un café de París, Rubén Dario y Enrique Gomez Carrillo, como quien dice el modernismo en pleno, quieren extraer del poeta Paul Verlaine esa gota de musica y sabiduria que habian paladeado en sus canciones. El encuentro, como no, se da en un cafe y Ruben Dario, con facundia tropical, exalta su gloria. Verlaine, el fauno taciturno y borracho, solo responde "La gloire! ... La gloire. Merde!"

Amarga lección que Ruben Dario de seguro recordará en sus depresiones de alcoholico sin recursos, caido de su trono lírico, tal como nos lo pinto Vargas Vila en el libro que le dedicó.

Por su parte, el peruano Cesar Vallejo, en el Paris de 1936, con hambre y frio, se refugiara en la calidez humeante del café , para proponernos ese soneto que tituló "Sombrero, abrigo, guantes":

    "Enfrente a la Comedia Francesa, está el Café
    de la Regencia, en él hay una pieza
    recóndita, con una butaca y una mesa.
    Cuando entro, el polvo inmóvil se ha puesto ya de pie".

Por su parte, y en Madrid, el maestro exaltado por Borges, Rafel Cansinos-Assens, traductor de las Mil y Una Noches, despachara desde el Café Colonial mientras Ramón Gómez de la Serna lo hace desde el café Pombo. En un momento donde las ciudades se tornan eléctricas y agitadas, de choques bruscos y aceleración nerviosa, los cafés pueden ser puerto y refugio. Aguas mas quietas, e incluso estancadas, donde se cultiva, según Gregorio Marañon, la pasión mas fuerte del hombre español, el resentimiento. La maledicencia. Pero el café tambien fue una suerte de universidad popular, donde muchos por el irrisorio precio de una taza, alargada por horas, pudieron escuchar a Don Miguel de Unamuno, Don Antonio Machado, o Don Pio Baroja, como debe decirse. La envidia se transformaba en coloquio y cuando el exilio, a raiz de la guerra civil, los llevo a tantos a Buenos Aires como a México, el café continuó siendo el ágora donde las ideas cruzaban sus espadas y los gritos, tan españoles, trataban de imponerse sobre los rivales. Asi en los cafes de la Avenida de Mayo o la calle Salta, el Iberia y el Español, las mesas volaban de una acera a otra, y Maria Teresa León, la mujer de Rafael Alberti, exiliados ambos como Ramón Gómez de la Serna, veian como "en las mesas de los cafes se discutía y se gritaba como si aun Madrid estuviese defendiendose". El café fue entonces politica y poesia: soledad y compañia. Como siempre lo habia sido.

Juan Gustavo Cobo Borda

©2011