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HACIA EL "BREVIARIO ARBITRARIO DE LITERATURA COLOMBIANA"

Juan Gustavo Cobo Borda

En el No. 88 , de 1968, de la revista ARCO de Bogotá que dirigía el poeta David Mejia Velilla apareció un ensayo "Garcia Marquez (mito y realidad) ". Lo llamo ensayo porque lo era. Era un titubeante balbuceo, al año de aparecer Cien años de soledad donde mas que recordar, trato de olvidar una lectura impersonal y llena de sospechosas citas. Entre ellas las de los trabajos de Ernesto Volkening aparecidos en ECO. El trabajo tenia trece paginas, de la 130 a la  143, pero quiero asumirlo como un rito de iniciación, con manías que aun perduran.

No solo aquella de la caza de citas sino la de armar los parrafos, de forma paulatina, con vueltas en redondo para finalizar en el principio. La admiración por obras que no cesaran de hacerme insinuaciones y guiños; incluso hoy dia.

Tal el caso de la poesia de Jose Asunción Silva. No se si exista el subconsciente, aquello que descubrió el "charlatán vienés"  como llamaba Nabokov al Dr. Freud, pero en este Breviario arbitrario de literatura colombiana se han colado unas  páginas volanderas sobre Jose Asunción Silva y su caracter emblemático de poéta de Bogotá, en una abrumadora secuencia enfocada de forma prioritaria a la narrativa. Pero tambien esta, que le vamos a hacer, una nueva visita a Cien años de soledad  y en realidad 51 ensayos sobre 51 autores y autoras colombianos. (Breviario Arbitrario de Literatura Colombiana,  Bogotá, Taurus, 2011, 242 págs)

No quiero desligarme de aquellos orígenes : el lector de poesía, que sabía bien como sin ella era imposible hacer perdurable la prosa. El lector, en últimas, que ansiaba escribir poesía, pero desviaba sus propósitos en los miles de recodos, grutas y miradores que brindaban la distracción de las diversas lecturas.

La ficción eran obras inclasificable y ambiguas como la Aureliade Nerval o Los cuadernos de Malte Laurids Brigge  de Rilke o Nadja  y El amor loco de André Bréton. Pero la pregunta acuciante, en relacion con lo nuestro, era entender como la obra de Alvaro Mutis fundía lo que algunos llamaban poesía y otros apellidaban prosa en una unidad sin resquicios y como ella se desprendiía de los relatos de Leon de Greiff y la admiración que tanto maestro como discipulo, asi hay que decirlo, experimentaban por la figura de Napoleon Bonaparte y lo que significaron sus hazañas luego del sacudimiento profundo de la revolución francesa y el gesto del corso al arrebatar la corona de emperador y ponersela el mismo.

De ahi que el texto en el Breviario Arbitrario sobre Alvaro Mutis sea sobre su primera novela, destino natural de su poesiía.

Pero quizas nos estamos adelantando. Mas que los textos mismos, los que resultan llamativos son los autores. Rufino Jose Cuervo nace en 1844 y Jose Maria Vargas Vila en 1860 y son las dos caras de una misma moneda. El país que se escindía luego de la figura de Bolivar, entre golpes de cuartel y guerras civiles y que sin embargo le apostaban a las letras, con el parnaso griego y los cesares romanos, como barrera cultural contra el desorden.  Cuervo, en primer lugar, recurria al latin y a la raiz del idioma español, para recobrar una estructura de sentido, unos canales de comunicación con la civilización occidental. Por su parte Vargas Vila escarnecía e injuriaba ese mundo de los cuatro presidentes gramáticos  (Miguel Antonio Caro, Marco Fidel Suarez, Jose Manuel Marroquín y Santiago Perez) y apuntaba sus dardos contra un Rafael Nuñez que Cuervo, en su exilio en París, en varios momentos no entendía del todo.

Pero Vargas Vila, desde Nueva York o Buenos Aires, sin olvidar Europa, tambien fue un exiliado, que jamás pudo desprenderse de los asfixiantes tentaculos colombianos y quien, desde un modernismo de izquierda, apostrofaba a los barbaros yanquis, en la misma senda de su admirado Ruben Darío, contra Theodoro Roosevelt.

Varias familias, de espiritus afines, delimitan el territorio. La de los críticos que de Baldomero Sanín Cano lleva a Ernesto Volkening, mas colombiano que ninguno. De este a Hernando Tellez y Hernando Valencia Goelkel también es posible trazar una valida continuidad de libertad mental y buena prosa. De tranquilo asentamiento en una comarca propia y deleitosos viajes, sea por Inglaterra, Alemania, Francia o Estados Unidos. Madurez de aquellos a quienes no preocupa la identidad pues saben que su rostro lo configura el mundo.

Otra familia sería aquella cordillera mayor de los eximios novelistas, en la trilogia sagrada de María, como ápice del romanticismo; La Vorágine, como epítome de la novela de la selva y de Cien años de soledad como el paradigma de la novela latinoamericana en el mundo. Y al lado de ellos, Eduardo Zalamea Borda, César Uribe Piedrahita, Jose Antonio Osorio Lizarazo, Eduardo Caballero, Pedro Gómez Valderrama, Alvaro Mutis, , Alvaro Cepeda Samudio y Manuel Mejia Vallejo, diciendonos lo ancho y policromo que es el mapa de nuestras letras. Alli donde la violencia cobra sus recurrentes venganzas, la pobreza afila las miradas de esas clases sociales que se derrumban, como tipógrafos y empleados públicos en el caso de Osorio Lizarazo, e hijos y hermanos, que en Caballero Calderón y Mejía Vallejo reanudan el rito tragico sea familiar o politico, tratese de El dia señalado,  tratese de El Cristo de espaldas o Manuel Pacho, con opios que no se olvidan.

Piedad y terror son las dos emociones esenciales que debia producir el buen arte, segun Aristoteles. Solo que piedad y terror confluyen en esa figura trágica que determina en muchos casos el sentido de nuestra literatura; y tambien, claro esta, de nuestra vida. Me refiero a la violencia. En 1953 apareció Viento seco, una novela escrita por un médico del Valle del Cauca, Daniel Caicedo. Nacido en 1912 y del cual nunca pudimos averiguar la fecha exacta de su muerte. Es una novela fracasada, donde quizas el exceso de violaciones, deguellos y castraciones, supera y ahoga cualqueir tentativa de darles una forma convincente. Un sentido que vaya mas allá de aquel impacto que nos ahoga en el horror y nos sumerge en la mudez. Solo que la literatura tiene que ver tambien con la razón y el conocimiento, con la imagen del hombre al dibujar su destino. Jorge Eliecer Ruiz, en 1961, al hablar en la revista MITO de la situación del escritor en Colombia (p. 233) lo dijo con claridad:

    "[...] es muy posible que una literatura conformista e hipócrita haya contribuido notablemente a reforzar los mecanismos de la violencia. Cuando la realidad es más deprimente que la ficción, cuando no se describe el mundo sino que se lo afeita, cuando se ensalzan los poderes constituidos y se los adorna con las virtudes que fabrica nuestro temos, se estan creando las condiciones propias para la anarquia, el tedio y la violencia, ya que esta, en ultimas instancias, no es otra cosa que la resolución irracional de las tensiones creadas entre la realidad y el espíritu".

Rabia y pesadumbre, dolor y mal gusto; nuestra tragedia es un melodrama. Por ello hay una suerte de varonil entereza en los personajes de Mejía Vallejo, saturados de alcohol y tango. Y por ello también las figuras de Mutis, en las mismas selvas de La Voragine, piensan en lo criminal de la historia europea. No tenemos porque reclamar el monopolio del horror. Por ello muchas de estas obras reafirman la importancia de la parcela, de la siembra (incluso de muertos) pero tambien exploran la migración y el viaje en pos de mejores aires. Geo von Lengerke viene de Alemania a edificar la utopía en Santander. Solo que ella se derrumba cuando la quina deja de ser rentable en las cotizaciones de las bolsas europeas.

Otra familia, otra linea que me parece justo subrayar, es la que parte de Elisa Mujica, nacida en 1918 y  se prolonga luego en Helena Araujo, Alba Lucia Angel, Marvel Moreno, Laura Restrepo y Maria Elvira Bonilla: recordemos que solo en 1934 la Universidad Nacional abrio sus puertas a la mujer. Y si en las novelas de Eduardo Zalamea Borda nos fugamos a la Guajira y en las de Cesar Uribe Piedrahita nos internamos en el Putumayo o en la explotación petrolera en Venezuela, en Marvel Moreno o Laura Restrepo, hay diagnosticos sensibles de lo que significa forjarse como mujer en sociedades como las de Barranquilla y Bogotá. Donde prejuicios y desigualdades, machismo e injusticias son vencidos por felices astucias e inteligentes reéplicas, para conquistar asi el lugar y el espacio que la madurés comprensiva de su tarea les asegura. Son también las visionarias que dejan atrás la aspereza de lo rural y dibujan la (aparente) sofisticación del progreso, como en el diálogo que Laura Restrepo, en Delirio pone como escuchado por Midas Mac Allister, el tan niño bien bogotano, lavador de dinero, de la propia boca de Pablo Escobar, "Que pobres son los ricos de este país, amigo Midas, que pobres son los ricos de este país".

Vendrán entonces los años sombríos donde la pobreza aburrida de las clases populares se toma el país y lo desquicia de arriba a abajo, tal como lo palpamos en los textos de Fernando Vallejo o Darío Jaramillo, de Jaime Manrique Ardila o Mario Mendoza. Con razón, entonces, Andrés Caicedo tituló sus dos novelas ¡Que viva la musica y Noche sin fortuna. Después de la pirámide exultante de fiesta inverosimil, la melancólica depresión del polvo y la caida. En tal sentido veo como muchas de estas escrituras apelan a la parodia y la irrisioón, a la comedia urbana bufa, a la gracia desorbitada con que los personajes se desdoblan y se rien de si mismos, al zapatear al borde del abismo, tal como sucede con Antonio García Angel.

No debo contar el libro. Sí reconocer como pude manifestar mi entusiasmo gracias a la página Vanguardia, que haciamos con Maria Mercedes Carranza y al inolvidable Roberto Posada, en Lecturas Dominicales. La fusión artística que compartiamos entre poesía  y gastronomía me permitió expresar razones para el entusiasmo sobre los primeros libros de Luis Fayad o Alvaro Miranda. Sobre la lectura como vicio no del todo impune y como pasión que se renueva, con deleite inextinguible. Pero este libro, por ahora, es un manifiesto contra el olvido. Quiza sea el único colombiano, en el siglo XXI, que aun quisiera compartir el chisme y la infidencia que suscitan libros, como aquel de 1636, cuando alguien transmitio aquel secreto, en voz baja pero bien escrita: "No ha dos noches, estando con una dama harto hermosa, a los mejores gustos se nos quebró el balustre de la cama". A partir de alli ustedes saben el resto. Marido que se entera, venganzas, espadas y muertes, El Carnero, de Rodríguez Freyle. La ficción que no termina y este libro que intenta mantenerla viva.

Juan Gustavo Cobo Borda

©2011